Mostrando entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de abril de 2019

La ruralización de Ocumare del Tuy viaja en Metro hasta Caracas

La ruralización de lo que se ha convertido la vida en Ocumare del Tuy, Santa Teresa, Los Valles, viaja en Metro a Caracas, así lo presencio todos los días. Cada vez es más común ver personas con sacos de verduras al hombro, racimos de cilantros en las manos.

Hoy un hombre llevaba una bolsa llena de algo que parecía sardinas y que dejó el piso encharcado de sangre. Los hedores también se concentran de un lado a otro en los vagones. Los mendigos, los desnutridos también son más, cada día más.

Viajar todos los días en la Línea 3 es enfrentarse a una población que cambia, que pierde la urbanidad. Me convenzo de que pronto veré gallinas, conejos y de todo lo que la gente pueda traer a la ciudad para comerciar, para sobrevivir.

Una vez vi a un señor que llevaba en las piernas la piel de un chivo, desconozco cuál es el proceso, pero el animal aún olía, parte del vagón estaba impregnado. El anciano le dijo al alguien "De aquí salen 15 pares de zapatos". La escena era rarísima. Nueva.

Hace como dos años en una conversación con amigos dije: "Me preocupa la ruralización de Caracas", todos se rieron, yo también. Hoy el chiste se volvió verdad, nuestros modos de vida se desdibujaron. La ruralización nos alcanzó.

Ariadna García

sábado, 20 de octubre de 2018

Ser niño, pobre y estudiar en Venezuela

Algo que me abruma de esta crisis es la magnitud de la pobreza. Crecí en una familia pobre, en un pueblo bastante pequeño, donde casi todo el mundo tenía las mismas posibilidades. Tuve la dicha de conocer cada municipio del estado Yaracuy, gracias a la agrupación de danza a la que pertenecía.

En esa época (2001-2005) visitamos zonas rurales, poblaciones muy vulnerables y jamás vi lo que me cruzo hoy. En Guama, Urachiche, Chivacoa, Yaritagua, Arístides Bastidas, etc, recuerdo niños con parásitos, hidrocefálea, quizá algún tipo de desnutrición, pero a pesar de que yo también era una niña, tengo la certeza de que no eran la mayoría.

Nunca vi tanta miseria, nunca vi tanto sufrimiento, nunca vi tantos pequeños desnutridos como los que me consigo ahora en las calles de Caracas, lo sé por sus cabellos amarillentos que delatan la malnutrición.

Pienso en esa niña que fui, en mi alimentación, pienso en esa niña que logró ir a la escuela, siempre con un plato de comida. Recuerdo la alimentación del comedor de mi escuela (1996-1998), era rica, saludable. Era una escuela pública. Solo una vez tuvimos un caso de un niño que no llevaba desayuno y lo supimos porque un día se desmayó, como buena niña precoz que era, llegué consternada a contarle a mi mamá y ella y otras madres, en más de una oportunidad le mandaban comida con nosotros. Era un señor de Caracas con dos hijos que había perdido a su esposa y no les iba muy bien. No sé qué pasó con ellos, pero esa historia jamás la olvidé.

Las casas de mi pueblo no eran llamativas, la gente no tenía grandes lujos, pero nunca faltaba: caraotas, pasta, arroz, queso blanco, huevos, azúcar, pan y café. No recuerdo a ningún vecino paliducho, ni mal alimentado. No nos tocó acostarnos sin comer y éramos "pobres".

A mí mi mamá me enseñó que uno debía ir a la escuela así fuera con los zapatos rotos. Más de una vez me tocó, pero ella me mostró lo que era la dignidad y esto nunca fue motivo para amilanarme, además yo amaba ir a estudiar. Cuando pasaba un mes de vacaciones ya quería que volviéramos a clases.

A pesar de las carencias, mi madre se esmeraba en arreglarme los cuadernos. Elegíamos un forro que me gustara y me combinaba los sacapuntas con la cartuchera y cuanto perolito encontrara. Los cuadernos y los lápices nunca faltaron, tampoco el morral. Sí mi mamá era una heroína.

Miro atrás y veo esa niña yendo a su escuela en Yaracuy, esa niña que logró llegar a la universidad y trabajar muy duro, esa niña que tuvo oportunidades para formarse y salir de la pobreza.

Veo el panorama hoy y sé que los niños pobres como yo, no tendrán comida en sus escuelas, ni en sus casas. Que no habrá morrales, ni lápices, ni cartucheras, mucho menos zapatos.

Ellos ya no van a la escuela.

Ariadna García

lunes, 16 de julio de 2018

Sobre las caras

Siempre creí que la piel de los negros estaba hecha de una manera especial. En mi país los negros eran de tez curtida, brillante, tersa, sin ojeras, sin líneas de expresión, ni siquiera los más adentrados en años tenían surcos evidentes.

Realmente los negros que veía en el metro, en la calle, en el puesto de tizanas o en las tiendas de extensiones de Capitolio eran gente alegre, sin huellas de sufrimiento, ni calamidades. De dientes blancos, muy blancos y de sonrisa abierta.

Esto ha cambiado. Ahora veo sus rostros demacrados, ojerosos, con bajo peso. No hay rastro de esas pieles brillantes que evocaban la sabrosura de nuestros tambores, que con sus miradas te llevaban y te traían de la costa.

Se les fue la risa, la luz, la esperanza. Los negros de mi país ya no son la misma gente, nadie es ya la misma gente. La dictadura se lo llevó todo, arrasó la vida, la alegría, la bondad, arrancó los sueños, la sonrisa y hasta las ganas de vivir, se convirtió en una pandemia capaz de curtir sus caras hasta volverlas irreconocibles.

Los negros de mi país ya no son la playa, ni el sol, ni el papelón tostado. Son hoy un manojo de cicatrices, de noches sin dormir, de hambre, de frío, de rabia. Las caras de ellos son la prueba de una nación devastada y herida, son las pieles de todos, el grito que va por dentro, el llanto, la desesperanza, son nuestra historia y nuestro presente.


Son las caras.


El Hilo de Ariadna

martes, 6 de febrero de 2018

Desayuno con un chavista

Lo esperaba en casa porque me traería un par de hallaquitas que con cariño su esposa había preparado para mí, se trata de los que alguna vez fueron mis suegros, par de chavistas, unos ancianos. 

En aquella época les tenía paciencia y respetaba su ideología política, muy distinta a la mía, cuatro años más tarde, me doy cuenta de que ya no tengo ni la paciencia, ni las ganas, ni el corazón, ni la razón para entenderlos o para mantenerlos cerca de mi vida.

Los precios suben por "la especulación", no hay pan porque "han abierto más panaderías", lo que rebasó mi cabeza fue esta frase que resumo: "la vecina está más flaca porque es muy floja para la cocina". ¿Cuánto nivel de maldad cabe en un chavista? ¿Cuánto resentimiento? ¿Cuánta cobardía? 

Les hablo de dos profesores con varios posgrados, él me resumió el panorama económico de los países de la región, no es un desinformado, ni una persona sin educación, un desalmado tal vez. Hace mucho decidí sacar de mi lado a esa gente que no suma, esa gente que no hace empatía con los demás, a esa gente que lleva camisas rojas y saben ¿por qué? Porque ese rojo representa la sangre de los venezolanos que mueren hoy por obra y gracia de "su revolución".

Ariadna García

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Rctv: un canal que duele así pasen mil años

Hoy me crucé con Ámbar Díaz en el trabajo, ya es casual ver gente de Radio Caracas Televisión (Rctv) pues muchos trabajan aquí. 

Ámbar no vino a una entrevista, ni tampoco como actriz, hoy es psicóloga y por la prisa parecía que andaba en cosas de trabajo, su cara la recordé de inmediato, crecí viendo ese canal, el 2, el único que se veía nítido en Albarico. 

Rctv era mi recreo, mi merienda, las noches de café con Radio Rochela. Rctv era como otra familia, ver a Ámbar no solo me conmovió, sino que “me aguó el guarapo”. 

Hoy lleva el cabello liso, sigue siendo gordita y su cara no ha cambiado en nada, ella era la actriz cándida de los eternos risos, que interpretó aquel personaje famoso llamado María Solita, la amiga o novia de Macho Flaco en “Hay amores que matan”. 

Ver esos rostros y escuchar esas voces que desaparecieron un 27 mayo de 2007, por orden de Hugo Chávez, me revive uno de los peores días para la libertad de expresión en Venezuela y para los hogares de los venezolanos.

Hoy comprobé que llevo a Rctv en el pecho, a sus producciones, sus mensajes de navidad, Rctv fue una cantina de chucherías que llenaba de alegría las salas de la casa. Solo uno sabe cuánto duele un país cuando se cruza con su gente. 






El Hilo de Ariadna


lunes, 11 de septiembre de 2017

Café Noisette

El sábado fuimos a Café Noisette, nos sentamos en una pequeña mesita de dos sillas, al frente teníamos un cuarteto de jazzistas que se lucieron con cada tema. Tuvimos una charla maravillosa. Siempre es grato hablar con ella, me contó sobre El Museo del Teclado y me dijo que allí se formaban unas rumbas buenísimas y que iban los mejores músicos de Caracas.

Hablamos de nuestros amores con la misma franqueza de siempre, hablamos de heridas profundas, del perdón, de la violencia, de la comida, del país, de nuestra familia, hablamos de todo, mientras al fondo se escuchaba La Vie En Rose.

Ella bebía una pepsi light y yo un té verde frío, entre cada sorbo, aplaudíamos al grupo y disfrutábamos de un ambiente agradable y clandestino, totalmente aislado de la violencia caraqueña. Mientras conversábamos notaba cómo el reflejo de las plantas le daba en la cara, cargaba unos lentes de pasta morados que le quedan muy bien y la hacen lucir más joven.

O siempre ha sido muy complaciente y lo atribuye a que solo tiene dos sobrinos, esa noche no fue la excepción, me invitó como tantas veces una cena riquísima, así que pude disfrutar de un Tartine de Sardine y de su compañía que es mejor que el jazz, el tartine o todas las crepes de este mundo.

En nuestra familia somos parcos de nacimiento, a veces me provoca darle un apretón o hacerle cariño en sus brazos gordos, pero eso la incomodaría así que me limito a observar sus gestos y a escuchar con atención todo lo que dice. Es una mujer muy sabia y cada cosa que pronuncia es para dejar huella.

Nos acercamos a la caja a pagar la cuenta, el dueño siempre está allí, nos hizo un gesto cariñoso y como otras veces preguntó qué tal habíamos pasado, respondimos que maravillosamente y que no teníamos ganas de marcharnos, pero ya eran las ocho y no es prudente andar por allí. Él asintió con la cabeza y se despidió con un: merci.

Yo quise responder merci beaucoup, pero siento que no me sale bien, así que solo dije: merci.

Tomamos el metro hasta la casa, al salir de la estación caminamos rapidito deseando llegar a la entrada del edificio y sentirnos a salvo, en el trayecto escuchamos una explosión, un impacto raro, yo creí que se trataba de un disparo y me puse nerviosa, corrí hacia la puerta, ya estábamos cerca, ella se agachó, se detuvo. Se crió en un barrio donde los plomazos son constantes y el oído se afina, yo que crecí con el ruido de las ranas y de los grillos, aún no he podido identificar ese chasquido que hace como un -cloc- o un -plop-.

Luego de unos segundos, cuando escuchábamos la risa sádica de tres mujeres que disfrutaban  vernos correr como animales nerviosos, ella me miró con una profunda tristeza y pronunció -ya no podemos salir de noche Ariadna-, la vista la echó hacia la esquina de la calle donde se incendiaba un carro, todo estaba presto para infundir temor y yo cedí.

Subimos en el ascensor con el corazón en la boca, una cena magnífica había sido empañada por una serie de eventos extraños y desafortunados, con su mirada me lo dijo todo: no sabes defenderte de esta violencia y yo tampoco puedo hacerlo por las dos, pudo haber sido un disparo en vez de un triqui traqui, pudo acabar con lo más preciado que tengo, porque así es esta ciudad intranquila y violenta, La Vie en Rose ya no era rose, era un violeta intenso casi negro y sin mucho decir, el miedo fue más grande y nos sumió en un silencio desalentador.

Ya no osamos tomar bebidas en algún lugar, últimamente no hablamos, la calle continúa dando miedo y me sigue gustando el jazz, aún no sé reconocer ese sonido, ni quiero, pero sí sé que sé correr: yo sé correr.


El Hilo de Ariadna

viernes, 18 de agosto de 2017

Las marcas de una guerra

Hoy se sentó a mi lado (en el autobús) un joven con muletas, tenía un yeso en su pierna derecha, mi cabeza estaba muy activa en ese momento, todo comenzó desde que salí del centro Cultural Chacao y caminaba hacia Chacaíto, me era raro ver todo “en calma”, sin olor a gases lacrimógenos y sin restos de Maalox en el piso, decía: hace unos meses atrás sentía que eso era irreversible y que las protestas en las calles no tendrían retorno.

Al ver al muchacho me preguntaba ¿Cómo llegó su pierna a ese estado? ¿Será acaso una de esas personas que quedó lesionada por la represión del Estado? ¿Será uno de esos jóvenes que tantas veces vi recogiendo y devolviendo bombas? ¿Por qué su pierna lleva un yeso? Quería preguntarle y aclarar mis inquietudes pero eso habría sido un poco intimidador. 

Luego por la ventana vi a otro hombre, delgado, como de 30 años con una venda en la mano, creo que en la izquierda, las interrogantes regresaron ¿Será él otra víctima de la represión? ¿Quién indemnizará su mano? ¿Su vida? ¿Qué le pasó? ¿Comenzaré a ver a más gente con las marcas de una guerra? Aunque debo admitir que a estos los veo a diario, en las calles, en el metro, a las víctimas de este genocidio me las cruzo todo el tiempo.

Finalmente me bajé del autobús sin preguntar, pero con una leve certeza de que ellos sí estuvieron allí, de que las marcas en su cuerpo son el recordatorio de una brutal represión que duro más de tres meses, que aunque la calle se mueva con su ritmo habitual y se mantenga en silencio, las secuelas de esos días no los olvidaré jamás. 


El Hilo de Ariadna

Señora usted habla así de los venezolanos porque no me conoce a mí

Quedé atrapada en una nefasta conversación de autobús, creo que hoy pasaron miles de cosas en esos dos autos que tomé para ir al trabajo. Eran dos señores como de 60 años y hablaban de lo barato de las cosas en Bogotá y en otros países, pero hablaban de esos precios como una especie de suerte divina que cayó sobre esas naciones, durante toda la conversación no hubo un argumento económico, ni político de porqué esos precios no se parecían a los de Venezuela. 

La señora también contaba que un fulano en Perú había encontrado muchas "facilidades" para abrir una cuenta, alquilar un apartamento y hasta conseguirse una novia a los dos años. Hablaban de Venezuela como si este fuera un país desgraciado y hundido en la ruina desde su descubrimiento, tampoco le achacaron nada al gobierno, cosa que nunca falta en una conversación. 

Lo más cumbre fue cuando dijo -lo que pasa es que el venezolano es flojo- y me vi a mi en cuestión de segundos, en un dos por tres me hice una radiografía y recordé mis dos trabajos actuales, ambos suman 13 horas, sí trabajo 13 horas al día, también pensé en mis años de estudio cuando salía de una guardia nocturna para llegar a La Urbina y pasar otras tantas horas más a punta de Gatorade y agua. 

Me provocaba voltearme y decirle -floja será usted- pero la decencia nunca me permite esos arrebatos y por el contrario me enfoqué en ver las hojitas que se asomaban por la ventana y en el Foro -El Periodismo en el Totalitarismo del Siglo XXI- al que asistiría cuando me bajara del autobús. 

Recordé que cada día escribo mejor y que me siento orgullosa de eso, recordé que soy una venezolana trabajadora, buena ciudadana y que mi trabajo mejora cada día porque para eso me preparo, así que señora ahora sí le voy a decir lo que le voy a decir: usted habla así de los venezolanos porque no me conoce a mí.

El Hilo de Ariadna

jueves, 10 de agosto de 2017

La venganza de Delcy

Nicolás Maduro asomó la asamblea nacional constituyente (anc) en el mes de mayo (lo escribo así, en minúsculas, porque no reconoceré algo espurio), en ese momento citaba a Chávez, recuerdo que estaba de guardia ese domingo. En la redacción corrimos y me dijeron: "Maduro anunció una asamblea constituyente", en el video que había compartido VTV se tergiversaba la información, al escuchar el audio completo, comprobamos que en efecto, este citaba al fallecido expresidente.

Corregí la nota y quedó como un dejo de algo, una cosa que debía hacerse en algún momento, según las palabras del presidente, hoy dictador. Ese anuncio que parecía lejano, era la sentencia de la República, era la demolición de algunos poderes legítimamente constituidos, era el secreto a voces que venía a quitarle el velo al gobierno chavista, era la prueba irrefutable de que en Venezuela se había consolidado una dictadura.

Aunque la anc haya llegado para usurpar las funciones de los poderes y legalizar cuanta barbarie se les ocurra, considero que esto es una venganza: es la venganza de Delcy, es el desquite por ese 6 de diciembre que no pudieron soportar, es por los cuadros del difunto que les sacaron del Palacio Federal. No pudieron soportar que la gente eligiera la libertad y la democracia, que los venezolanos entregaran una mayoría absoluta a diputados de oposición. Ellos no lo vieron como unos comicios limpios, donde ganó el civismo y la Carta Magna, ellos lo vieron como una afrenta, una burla, como un desaire y ahora han llegado para cobrárselas, han llegado a ajustar cuentas con todo el arsenal.

Otra humillación que dejó muy afectada a Delcy fue la de los cancilleres en Argentina, imagino que esto la envió a un hospital durante varios días y luego seguramente se fue a París a pasar el mal rato, a hacerse el manicure y comer Pain Perdu. A este hecho se suma el de la OEA en donde la mujer no se cansó de hacer berrinches.

Esta anc es el último castigo que deseaban imponer a los venezolanos, la última miga de pan, la última aspirina vencida que tenían escondida en la despensa de medicinas que no llegan al seguro social. Esta anc consuma el horror de 18 años de destrucción. Finalmente el mundo le puso cara a un mito, un mito que creó Hugo Chávez y que endulzó a los países de la región, a la ONU, a la FAO, al mundo entero, un mito que se erigió sobre petróleo y muerte.

Hoy tenemos anc, el último telón, la última estocada, el último zarpazo a la democracia que quedaba en Venezuela, hoy sobrevivimos a un gobierno de facto que se muestra ante nosotros con la voz de esa insoportable mujer. Lo peor del chavismo no es su maldad, es su cinismo y su risita incómoda, es decir la palabra paz cuando es mejor que digan plomo, lo peor del chavismo no es que nos caigan a trompadas cada día, es su mala dicción y su falta de inteligencia, es tener que escuchar nada y luego escribirlo.

Lo peor de la anc no es su anc, es la mujer que escogieron para conducirla, creíamos que la anc venía a acabar con la propiedad privada, la autonomía universitaria, encarcelar a los disidentes, que traería más hambre y miseria, sí, la anc es todo eso, pero todo eso ya existía, lo que no se ha dicho es que la verdadera anc es la venganza de Delcy que viene con todo.



El Hilo de Ariadna

miércoles, 2 de agosto de 2017

Eneida la trapecista

Hace algunos años conocí a una señora cubana de 70 y tantos años, recuerdo que la primera vez que nos quedamos solas, me pidió que le pasara "un pomo", me tomó varios minutos saber qué era, entre señas y adivinanzas por fin descubrí que se trataba de un pote.

Ella tenía un Accidente Cerebro Vascular (ACV) que le había inmovilizado la mitad del cuerpo, no podía valerse por sí misma. En aquel momento apenas comenzaba a conocerla y ella me contaba que había sido trapecista junto a su esposo, en algún circo cubano.

Yo dudaba de su cordura, primero porque no tenía referencia alguna de abuelas malabaristas, eso no figuraba dentro de las ocupaciones de las abuelas, al menos de las que yo conocía, en mi mundo se dedicaban a los trabajos del campo, a criar a los hijos, a vender tortas, arepas o majaretes para ganarse la vida y sacar adelante a sus familias. Venezuela es un país con una vasta historia de matriarcados.

Eneida me contaba historias fantásticas, con miles de contorsiones peligrosas que realizaba de la mano de su marido. Por las noches corroboraba esas anécdotas con su hija y ella me aclaró que todas eran ciertas, que el ACV solo había afectado la parte motora de su cuerpo mas no su juicio.

Ella era rubia y de ojos azules, bajita y siempre olía a flores. Le encantaba perfumarse, verse en el espejo y me pedía que la maquillara y le delineara las cejas, yo me esmeraba poniéndole rubor, porque de cualquier manera había que olvidarse de ese castigo que era vivir las 24 horas del día postrada en una cama.

Sus historias atrevidas se quedaron grabadas en mi memoria y sus malabares siempre serán la prueba de que las mujeres son heroínas, capaces de lograr las hazañas más feroces.

Para Eneida una mujer especial.



El Hilo de Ariadna

miércoles, 26 de julio de 2017

Algo último

No sé qué pasará de aquí al 30, pero estos días se quedarán en mi memoria como los últimos del chavismo, así los siente mi alma, así los anuncia esa sirena que pasa todas las mañanas por la casa, no sé si será el fin de ellos o de nosotros, pero hay algo último.


El Hilo de Ariadna

lunes, 24 de julio de 2017

30 poemas y un fin


  1. Los días se volvieron más ruidosos y la herida ondeaba entre el hambre y la ruina.
  2. Contábamos los días con las manos apretadas y rezábamos para que no fuera 30.
  3. La garganta se secó y ya no encontraba las palabras.
  4. La única preocupación no era comer, era vivir.
  5. La Cruz Roja izó su bandera pero ya los muertos eran decenas y centenas.
  6. No había temor a él pero sí al gatillo que estaba más alegre.
  7. Los motorizados se multiplicaron al igual que las armas, todo antes del 30.
  8. Había una sensación de que siempre era fin.
  9. Los días no se vivían, nos vivían.
  10. Cada muerte me abatía como un recordatorio de que también era mi muerte.
  11. El agua faltaba, la comida faltaba, pero la risa nunca se nos fue.
  12. Todo se definía antes o después del 30.
  13. El 30 era una condena de muerte y la gente lo sabía.
  14. Nada se alejaba más como la vida y la libertad.
  15. El canto era democracia, como una palabra nueva.
  16. Las mujeres fueron tan fuertes que se volvieron los verdaderos soldados.
  17. Ni con trajes de tigres asustaban, lo habían perdido todo.
  18. La sangre de esos días era tan joven que a todos eclipsaba.
  19. Por la ventana solo se escuchaba muerte.
  20. El 16 fue una fiesta tricolor.
  21. Las amenazas eran tan reales como el sol que nos alumbraba cada día.
  22. Yo escribía esto con el pesar de los pasares.
  23. Cada día era un venezolano menos.
  24. Los niños regresaban de la escuela con el olor de una guerra.
  25. No había rendija por donde esconderse, la ansiedad te devoraba.
  26. Aprendieron a defenderse de las bombas como los noruegos del invierno.
  27. Altamira se cundió con dos palabras: tenemos hambre.
  28. La muerte no era lo peor, era la tortura y sus caras.
  29. Se creían invencibles pero el pueblo habló en más de siete millones de formas.
  30. La tiranía era real pero la gente también.
El Hilo de Ariadna

miércoles, 26 de abril de 2017

Una bomba que detiene un corazón

Una bomba lacrimógena detuvo este miércoles el corazón de Juan Pablo Pernalete, un joven de 20 años, imagino a Juan entre la multitud, entre las banderas tricolores y las camisas blancas, lo veo allí en la calle, parado, sudando, aguerrido, luchando por Venezuela, luchando con todas sus fuerzas por rescatarla y llevarla a un lugar mejor.

Imagino los brazos de juan, brazos fuertes, los de un atleta, esquivando bombas, devolviéndolas a las manos de la Guardia Nacional Bolivariana, corriendo de un lado a otro, huyendo del humo, de ese humo que pica en los ojos y en la garganta hasta hacerte vomitar.

Imagino a Juan ayudando a una señora que se asfixia, lo veo tomando algo de aire para regresar con más fuerza, lo veo allí en esa calle totalmente vulnerable, solo con sus ideales y con la convicción de que está cambiando la historia de su país.

Imagino a Juan corriendo con fuerza junto a sus amigos, imagino la bomba venir con furia y él solo tiene su pecho para detenerla, para pararla en seco y decirle: basta, aquí estoy yo, todo esto soy yo, no tengo miedo, no hay más, solo mi pellejo. La bomba no cede, impacta fuerte contre él, la bomba golpea su corazón hasta detenerlo.

Imagino a Juan en una camilla, luchando, luchando por vivir, porque sabe que su misión no está completa, Juan quiere salvar a Venezuela y no tiene ganas de perder, imagino su corazón henchido de alegría y de tristeza, imagino su pequeño corazón tomando de la mano a Venezuela, imagino a Juan diciéndole: no te rindas que yo no te defraudé, no te rindas que yo seguiré aquí entre tus recuerdos, no te rindas que yo te daré la fuerza, no te rindas que yo no lo hice.

Una bomba detuvo la vida de Juan, la congeló en un segundo, detuvo sus sueños y la esperanza de los que anhelan ser salvados, una bomba detuvo su sonrisa que debió de ser hermosa, detuvo la carrera de un estudiante, su beca, detuvo una juventud que no conoció la libertad. Una bomba detuvo un corazón que latía con fuerza, porque Juan no estaba dispuesto a perder: “Unas veces se gana, otras se pierde, pero esta vez, no estoy dispuesto a perder. TE AMO VENEZUELA”.

En memoria a Juan Pablo Pernalete, asesinado el 26 de abril en una protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro.



Ariadna García

sábado, 22 de abril de 2017

A los que salen en defensa de Venezuela y de Hans Wuerich el joven desnudo en una protesta

Hace rato entendí de qué manera ser activa, eficiente y constructiva en mi país y no es precisamente desde la crítica, me sabe si la gente se va, se queda, si marcha, si cacerolea, si grita, nada de eso me interesa, tampoco los miles de audios que envían a diario por WhatsApp, ni las fotografías y vídeos que se vuelven virales, pero hoy recibí una cadena sobre el joven que se desnudó en una concentración, Hans Wuerich, con quien por cierto creo vi clases en la Universidad Santa María. 
El texto estaba escrito por la profesora Juymar García, docente de esa casa de estudios. Uno debe cursar Servicio Comunitario con García porque es la única profesora que lo da o al menos en el momento que yo estudié. 
Recuerdo el primer día de clases, humilló delante de todos nosotros a una muchacha que supuestamente se expresó de forma incorrecta hacia ella en el grupo de Facebook que había para esa cátedra, el reclamo me pareció desmedido, siguió y siguió, hasta ridiculizarla frente a todos, quise salir corriendo de allí, pero tuve que quedarme para pasar esa materia obligatoria, además ya me habían advertido sobre su trato. 
Hoy escribe en defensa de un estudiante, esos que ella misma ha vilipendiado en la Universidad Santa María, tantas veces, no creo en sus palabras hacia ese muchacho que, sin duda, es más que valiente al quitarse sus ropas frente al mundo. 
Hans fue símbolo de paz, de valentía y de libertad en medio de tantas vejaciones para los venezolanos, sin embargo, no dudo de que existan personas aprovechándose de la situación para ganar fama y lucrarse de esta terrible crisis. 
A los que salen a las marchas a cazar buenas tomas para hacerse famosos, a los que escriben sobre Venezuela para viralizarse, a los que actúan bajo esa premisa les digo esto: detrás de esas marchas hay mucho dolor, muchas familias destruidas, niños con hambre, enfermos, gente muriendo, hay un río de sangre también, que ha crecido en estos lamentables 18 años, hay gente llorando, impotente, hay luto, hay un dolor que debe respetarse y en momentos así es mejor guardar silencio, respetar, respetar a las víctimas, respetar el dolor y respetar a Venezuela.
Ariadna García

sábado, 4 de marzo de 2017

Un día de playa en Venezuela (crónica)

El día lunes 27 me fui a la playa con un amigo argentino que lleva casi dos años viajando por toda América Latina en su camioneta bautizada "La Vagabunda". En Venezuela ya lleva tres meses. Salimos dispuestos a celebrar los carnavales en busca de las hermosas playas de este lado del trópico. Al bajar a La Guaira nos encontramos mucha cola y alcabalas de rutinas. El carro de Diego lleva un cartelito que dice: me ayuda con un galón de gasolina o una ducha, por lo que varias personas nos sonreían y en un momento de la cola, un joven se acercó a ofrecernos un baño, nos dejó su número de teléfono y se marchó. Dos días después le escribió a mi amigo y nos enteramos que se habían ido hasta Todasana a ver si nos conseguían. Gracias Víctor.

Una hora más tarde entramos al pueblo de Osma, decidimos quedarnos allí porque La Vagabunda se estaba recalentando, teníamos más de cuatro horas manejando. Estábamos cansados, paramos en una bodega compramos algunas cosas para comer y al llegar nos instalamos plácidamente en la playa. 

Las olas subían como la espuma y varios niños no se separaban de ellas, tomamos Fernet Branca, vimos muchas aves pasar, jugamos Uno y aunque yo misma le había enseñado a Diego las reglas del juego cada tanto me perdía y las olvidaba. 

Nos sentamos en dos sillas a tomar el sol que quedaba, a conversar sobre las cosas más tontas e importantes de la vida, esperamos a que cayera la noche y vimos cómo las estrellas aparecieron como un show de luces para nosotros. Diego buscó su guitarra, tarareamos un par de canciones, entre esas Volver y Por una cabeza, fueron horas de paz y de disfrute en aquel paraíso oculto entre las montañas.

En la noche preparamos un par de arepas en su camioneta, hasta yucas chips, yo observaba todo con curiosidad porque era la primera vez que acampaba en la playa y la primera vez que compartía ruta con un viajero. Un viajero que esconde tesoros maravillosos en esa furgoneta, latas que contienen té, esencias aromáticas y música.

Al lado de nosotros había una familia de mariachis que más tarde tocaron junto a Diego temas alegres que nunca faltan en las fiestas. Pasamos una noche tranquila, el día martes la lluvia nos dio los buenos días, pero el sol saldría más tarde con toda su fuerza causándome una insolación que todavía me hace arder las rodillas. 

Estando en la playa Diego me hace una pregunta inusual "¿Ari yo estoy muy drogado o ashllá hay un perrito azul?". Yo pensé: a este cuate ya se le fundieron las neuronas, pero al virar la mirada comprobé que efectivamente se trataba de un perrito azul.

Estuvimos bajo el sol casi tres horas, entre entradas y salidas al mar y al río, vimos a un hombre con pinta de jeque árabe tropical y a muchos niños surfear con sus maravillosas tablas. Compramos cervezas en un kiosco que tenía los niños más obedientes del mundo, ayudaban a sus papás en los quehaceres del negocio con tanta diligencia que me asombraba y hasta le hice el comentario al padre.

Nos despedimos de esa playa sin ningunas ganas, pero al día siguiente yo debía estar temprano en Caracas. Cogimos carretera hacia La Guiara, al pasar por Los Caracas nos detuvimos a admirar ese inmenso azul que es capaz de arroparlo todo, Diego subió al techo de la camioneta y lo seguí, nos hicimos un selfie y luego continuamos el viaje entre charlas honestas y melodías radiales.

La Vagabunda no tenía caucho de repuesto así que decidimos parar en una cauchera. Eran las 5:30 de la tarde, al salir de allí Diego dio una vuelta en U y nos incorporamos a un elevado, en ese momento aparecen de la nada dos hombres en una moto, le muestran la pistola a mi amigo y le dicen que se detenga, él me dice "Ari nos van a robar pásame la cámara". Le paso el bolso con todo, allí veo por el parabrisas que tenemos a los dos hombres al frente, uno llevaba una camisa roja y el otro una negra, -vestían de civiles- automáticamente pensé: nos van a robar, nos van a matar.

Diego no les hizo caso y giró como pudo al final del elevado, sin importar que venían carros en sentido contrario, más tarde me diría: lo hice para salvar la vida, solo pensaba en eso. Estacionó el carro en una calle y se lanzó del vehículo, yo me quedé adentro con la cabeza entre las rodillas, hablando con Dios, implorándole que nos ayudara porque sentía que nos iban a matar. Los hombres se bajaron de su moto y apareció otro en su defensa, en total eran tres. Cerca había una licorería y salieron alrededor de diez personas, en ese momento me sentí más "segura" y salí del carro, los hombres me gritaron "¿quién más está allí?" -Yo, nada más estoy yo, nada más estoy yo- les dije.

Estaban muy alterados y agresivos, repetían continuamente "si nos hubieran matado, ah, cómo vas a dar esa vuelta así, eres loco". Diego les pregunta ¿Quiénes son ustedes? "Somos funcionarios y te vamos a detener el vehículo, te vamos a poner una multa y si no lo puedes manejar, me lo llevo yo", respondieron.

Uno de los hombres se acerca al carro y comienza a registrarlo por la puerta del piloto, Diego se sube por el otro lado y le pide que por favor no revise su carro, el hombre se enojó mucho más y lo agarró por el cabello, le estrujó la cabeza hacia abajo. Mi amigo se bajó del carro y le dije que me dejara hablar con ellos para ver si conseguía calmarlos.

-Cuál es el problema, no te hicimos nada, venimos de un día de playa no queremos causar ningún inconveniente- les digo. El tercer hombre que salió de la nada era el más insistente de todos y seguía con que los hubiésemos podido matar. Horas más tarde Diego me contó que esos hombres nunca estuvieron en el mismo canal que nosotros, de hecho iban en sentido contrario.

En el momento que estoy tratando de mediar con ellos, una de las personas que había a nuestro alrededor le dijo a Diego que al lado quedaba un módulo policial, él corrió hasta allá y regresó con dos policías, estos desenfundaron sus armas, detuvieron a dos de los hombres y se los llevaron hasta la unidad. Estuvimos allí como una hora. Aparecían más y más policías, uno que llegó de último, dijo: "esos querían pegarles un quieto. Quiébralos porque yo no voy a apoyar sinvergüenzuras". En ese momento sentí que se me helaba todo el cuerpo, a Diego le hacían muchas más preguntas que a mí, -qué cuanto tiempo tenía en Venezuela, si era argentino, si tenía los papeles en regla-. No veíamos la hora de que todo aquello terminara.

Al cabo de un rato, comencé a avisar a mi familia, a mi jefa que también es periodista y le expliqué en qué lugar exacto estábamos, mandé el número de pasaporte de Diego, la placa del carro, mi número de cédula, no podíamos confiar en la policía, puesto que minutos antes habíamos sido emboscados por unos supuestos policías, todo podía pasar, incluso sembrarnos droga y aparecer al día siguiente en la prensa como: dos turistas que traficaban droga en Venezuela se enfrentaron a una banda criminal.

De allí tuvimos que ir a un cuerpo de investigaciones de un municipio cercano, nos tomaron las declaraciones, un oficial le habló a Diego en inglés, otro le preguntó que qué era lo que más le había gustado de Venezuela, él respondió que no quería ser descortés pero que no estaba de ánimos para hablar de eso -Solo quiero llegar a salvo a Caracas oficial perdónémé-.

Lo peor había pasado, pero seguíamos allí, yo sabía muy bien que habíamos salido "barato" como decimos en Venezuela. Solo podía agradecer a Dios por estar bien y estar con vida, sentía una suerte de alegría, en un momento le di un abrazo a Diego y le dije -estamos bien, vamos a salir bien-.

A pesar de los vicios evidentes que existían en ese cuerpo de seguridad, los oficiales nos ayudaron, nunca intentaron sobornarnos, al final uno me hizo preguntas muy específicas sobre lo que había ocurrido, porque según él era muy justo y no quería que los oficiales quedaran destituidos de sus cargos.

Ya eran como las 9 de la noche, una oficial me preguntó si Diego era mi pareja, le dije que no, que era mi amigo. Imagino que la pregunta no representaba nada en aquel procedimiento de rutina, pero la comidilla no puede faltar en esas instituciones desgastadas por el tiempo.

Diego le insistió a uno de los oficiales en que nos custodiaran hasta Caracas porque teníamos miedo, ya eran las 10 de la noche y encima el tercer hombre se había esfumado. Accedieron a enviarnos con dos policías. Eso es algo que aún les agradezco.

Al llegar a la casa solo quería ver a mi gente ir a ver a mi tía y darle un fuerte abrazo, que supieran que estábamos bien, que seguíamos aquí completicos, que nadie nos había arrebatado la vida, que pudimos tener un final feliz como el que pocos pueden, que nuestro día de playa no estaba tan arruinado.

Al final le dije a Diego: hay dos cosas que no olvidaremos de este día, esto y el increíble perrito azul.





El Hilo de Ariadna


viernes, 24 de febrero de 2017

No puedo repetir las bromas de Maduro

Empiezo contando que yo nunca he sido la más graciosa, ni la más sarcástica o la más optimista, de hecho me considero bastante aburrida. Lo cierto es que desde niña me tocó hacer de grande, pues estaba en el medio de dos adultos que no eran capaces de resolver sus problemas sin incluirme y eso me llevó a encargarme de mí, de mis cosas, de mis tareas y en algunos casos hasta de mis fiebres. 

Para mí la vida siempre fue algo muy serio y desde pequeña supe cómo iban las cosas a mi alrededor. Así que hoy me resulta imposible hacer bromas con "la dieta de Maduro", la yuca amarga, los penes, las millonas y millones. Me es impensable hacer eco de los "chistes" que hace el presidente de Venezuela, porque detrás de esa yuca amarga van diez muertos y detrás de la "dieta de Maduro" van cientos de niños desnutridos, cientos de personas sin medicinas, presos políticos, criminalidad, narcotráfico, hambruna, desidia, pobreza... La lista es larga y me faltaría espacio para enumerarlas todas. 

Basta con entrar a un vagón del Metro de Caracas para ver el estado en el que se encuentra la gente, miradas perdidas, rostros cadavéricos, angustia, ropas que delatan que ya no son de la talla de esos cuerpos, se respira pobreza y violencia. Y es muy difícil hacer bromas con cosas tan serias o al menos para mí es así. 

Tal vez soy una amargada o demasiado vieja, pero esa es una de las cosas que más me separa de mis compatriotas, esa facilidad que tienen para convertirlo todo en una burla, esa manía de hacer de nuestra cruda realidad un meme, una mofa, un chiste malo.

Ahora el tema es el supuesto deportista Adrián Solano y digo supuesto porque desde que apareció su nombre en la palestra pública todo ha estado empañado de polémica y de hechos un tanto extraños. Primero una deportación desde Francia y luego una competencia con un desempeño terrible que se ha vuelto viral y que le ha valido el nombre de "el peor esquiador del mundo". 

Nicolás no se reirá de esto, de esto no hará chistes como lo hizo con la yuca amarga refiriéndose a una persona que "tuvo inconvenientes", "inconveniente" morir, un comentario tan burdo y tan desalmado, sobre un lamentable caso en el que una familia murió tras consumir este tubérculo.

Me cuesta prestarle atención a Solano y a sus memes o a los ñames de Maduro, me cuesta hacer chistes de este desastre que tiene al país sumido en la ruina. Me cuesta hacer bromas con "la dieta de Maduro" cuando veo que mi prima ha rebajado más 10 kilos y la miro como si no pasara nada, pero ambas sabemos qué pasa, pasa que ya en su casa no se hacen tres comidas al día sino dos o una como en tantos hogares venezolanos.

Pasa que pasan cosas gravísimas como que un parámedico no puede salvar vidas porque los motorizados simulan lesiones para robarle la moto y luego dispararle como a un perro. Pasa que una joven fue asesinada a golpes por sus compañeras de clase porque esta violencia desmedida se asentó como un cáncer en nuestra sociedad.

Pasa que no me río porque hay muchas familias que hoy lloran a sus hijos muertos o lloran porque se les fueron a otro país. Me cuesta mucho reirme de este caos porque cada caso es más grave que el anterior, porque nada se atiende y el desespero es muy grande. Pasa que ya los niños no van a las escuelas porque deben hacer colas por comida con sus padres.

También pasa que el Seguro Social ya no entrega las medicinas a tiempo y el reloj corre y las enfermedades no esperan. Pasa que las bolsas Clap no alimentan a una familia entera. Pasa que hay bebés muriendo en los hospitales por falta de medicinas y de equipos para ser atendidos.

Pasa que jugar con la vida de la gente me resulta dantesto y pasa que no puedo permitir que mi boca reproduzca las palabras de un dictador. 

El Hilo de Ariadna

domingo, 12 de febrero de 2017

Una mujer que fumaba cigarrillo en los 80s

Cada vez que puedo le pregunto a mi tía cómo era la Venezuela de los 80s, ella tenía 20 años y me cuenta que era la época de plena bonanza petrolera, carros lujosos, el Bulevard de Sabana Grande se jactaba de contar con la casas de los diseñadores más reconocidos en el mundo, drogas, apareció el VIH. Caracas era una ciudad cosmopolita, atractiva para los extranjeros, era la meca de la región.

Soda Stereo, Hombres G, Queen, Mecano, son algunas de las bandas que se escuchaban por aquellos años y fumar estaba de moda. Mi abuela tenía unos 44 años, cada vez que quería se iba de viaje a Miami -sola- con un dólar a 4,30, fumaba, trabajaba, no le pedía permiso a su esposo en lo absoluto, era una feminista nata.

Pregunté si mi abuela no era considerada una perdida, por fumar cigarrillos, mi tía aclaró que para nada, "en aquel momento era muy nice fumar, las mujeres que lo hacían tenían clase, incluso eran vistas como poderosas. En esa época no existían campañas en contra del tabaquismo, eso vino después, en los 80s pasaban comerciales fabulosos, recuerdo que había uno de la Belmont que comenzaba con: tucu tucu tucu tuu".

Fiestas descontroladas y grandes hombreras eran otro rasgo de esa época fluorescente, enormes peinados, afros, maquillajes fuertes y cinturones capaces de cortar la respiración, las mujeres comenzaban a deslastrarse del rol de amas de casa y venían usando jeans desde los 70s.

Esa mujer que fumaba cigarrillo en los 80s, planificó tener tres hijos, no más, le decía a su hija que se graduara y se comprara un marido para que cuando este no sirviera lo botara. Era una mujer que no tenía reparo en decir lo que pensaba y que hacía exactamente lo que quería. 

Perfumaba la ropa con Estée Lauder y doblaba las camisas en papel de seda, hasta hoy su closet conserva el olor, era extremadamente celosa con sus labiales y poseía un par de pelucas; cuando el médico le prohibió viajar (por la aneurisma que padecía desde hace varios años), comprendió que ya era vieja y decidió cambiar los tacones por unos mocasines Sebago color vinotinto.

La tía dice que era una "chica plástica" de esas que sudaban Chanel como la canción, sin embargo, esa mujer parca, recibía a todos los amigos que su hija se traía de la escuela, más adelante recibió a muchos homosexuales con el mismo amor, fue una madre para varios de ellos y tenía el don de la palabra. 

Era una época en la que todo era nuevo para todos, lo elemental estaba por averiguarse y el asombro era parte del día a día. La dictadura de Pérez Jiménez había terminado en el 58 y la gente disfrutaba de vivir en democracia.

"Los 80s fueron una época de mucha explosión, el arte te lo encontrabas en todas partes, las obras de: Soto, Cruz Diez, Mateo Manaure, Pascual Navarro (lo veías en la calle a cada rato), Lía Bermúdez, Jacobo Borges, Elsa Gramcko, Pedro León Zapata, estaba la Cátedra del Humor en el Aula Magna de la UCV ¡Eso era lo máximo qué época!", relata mi tía con sollozo.

Los 80s son para mí una década fascinante, soy una fiel exploradora de ella y sobre todo de su música, la percibo como unos eternos carnavales, donde la gente reía, bailaba y la serpentina lo cubría todo. El Caribe rozaba su punto más caliente y el sol se reflejaba en los Fiat Supermirafiori de tonos estridentes. 

Imagino que "Ágarrense de las manos" se escuchaba en los hogares y que ser diferente también estaba de moda y todos estaban en sintonía de estar a la moda. Se leía en los labios la palabra libertad y las mujeres y los hombres se bamboleaban en un ambiente de sensualidad.

Era una Venezuela amigable que recibía inmigrantes como arroz, era el país de las mujeres bellas, de la salsa y del guaguancó. Era una mujer que fumaba cigarrillo en los 80s, así fueran muy caros.




El Hilo de Ariadna

jueves, 29 de diciembre de 2016

Carta a los compas que me robaron

Caracas; 28 de diciembre de 2016



Esa mañana me demoré como todos los días... 

Hace una semana había comprado mi regalo de navidad: una tableta de chocolate de Mantuano Chocolate, que por cierto, está cubierta con un empaque hermoso, era de sarrapia, tenía un olor exquisito, no alcancé a probarla, pues, quería hacer una foto especial para escribir sobre el chocolate venezolano.

Ese día finalmente hice la foto en la Avenida Victoria y al terminar lo eché en mi morral, previo a eso había metido mi camarita Kodak, la sombrilla para la lluvia, los audífonos para escuchar música mientras la gente comienza a hacer comentarios necios, la última toalla sanitaria que me quedaba, el cepillo de dientes por si me quedaba en casa de mi tía, una que otra pastilla para cualquier eventualidad y, ¡los lentes¡ ¡Mis ojos! 

En el ojo derecho tengo 2,10 de astigmatismo y en el izquierdo 2,04, ese miércoles había decidido habituarme nuevamente a los lentes de contacto, pues, hace un mes, me habían irritado el ojo derecho y decidí no usarlos más. 

Llegué a la estación Los Dos Caminos como de costumbre y agarré el bus hacia mi trabajo, esa mañana me distraje, iba una conocida y nos instalamos a conversar, no los divisé. Ustedes iban sentados al final y yo adelante. 

Al cabo de un rato de ir en la vía, vi cuando uno de ustedes se levantó con la pistola en la mano, inmediatamente supe que nos iban a robar, nunca antes había vivido algo parecido. Cuando la mujer que los acompañaba a ustedes dos, dijo: me dan todas las prendas y los celulares, de inmediato me quité el anillo de fantasía que llevaba puesto y mi teléfono que era lo más costoso que tenía y se los entregué.

Antes de bajarse, ella me vio y me pidió mi morral, le dije: mi cédula, "Qué cédula ni qué cédula, dame el bolso". Se lo dí,ustedes estaban armados, nadie puede ante un arma y tampoco me gusta la violencia.

Hasta ahora, no he pensado en el dinero, ni en el celular, la verdad no me importa, les dí lo más costoso que tenía, pero ustedes decidieron llevárselo todo, se llevaron mis ojos, mi navidad y mi música, la música que me acompaña cada día y me pone a tono cuando amanezco sin ánimos. 

Compas, esta carta, seguro tendrá errores ortográficos, estoy haciendo un esfuerzo para escribir, los ojos se me irritan, los lentes me  incomodan y no logro ver perfectamente. 

Me preocupa cuando volveré a ver bien, pues, los lentes están muy costosos y no tengo cómo comprarlos, me pregunto si podré estar con estos mínimo un mes, si las gotas Clarasol me ayudarán. Ustedes seguro los rematarán, o los echarán a la basura, y yo desearía encontrar esa basura. 

Me preocupan los próximos días porque no podré ver El Ávila con nitidez, me preocupa que no tengas piedad con los que robas y antes de bajarte del bus les digas groserías. No los conozco, no sé cómo ha sido su vida, pero les aseguro que todos en algún momento la hemos pasado mal y eso no nos dá licencia para ser hijos de puta, me preocupa tu odio y tu rabia, pero no me extenderé en lo que eres, ustedes son lo que son y así lo decidieron. 

A pesar del mal rato, me encuentro sana y con vida y eso es lo más importante, grande y especial que tenemos. Me dejaron con un problemón que resolver, pero sé que esto es una tontería comparada con lo que ustedes le han hecho vivir a otros, otros que han muerto, por un celular como el mío, o por un reloj y créanme compas no vale la pena, no vale la pena detener corazones que vibran cada día, no vale la pena destrozar familias y seguir engrosando esa sangrienta lista con la que cerramos año, tras año.

No puedo seguir escribiendo más, me cuesta mantener la mirada aquí, si leen esto pronto, pueden devolver mis lentes, ya saben que en algún lugar alguien observa a trompadas y se acuesta mirando un techo borroso. Espero que algún día tu dejes de hacer esto, para poder vernos con claridad, tu eres venezolano y yo también, tu robas cosas materiales para vivir y otros podemos vivir sin cosas materiales.

Yo sólo necesito mis ojos para mirar y tú te los llevaste.


A.G

jueves, 15 de septiembre de 2016

La bella Caracas que mordía (crónica)

Salí al trabajo a eso de las 09:30am tenía ganas de comerme una tizana de la esquina, conté el centenar de billetes que ahora debes usar, para comprar aunque sea un caramelo, me dirigí a la parada de los cubitos de frutas, entregué los 300 bolívares que fue lo que pagué la semana pasada, la señora me dijo -de 400, de 500 o de 600- inmediatamente intuí que era un cholazo a mansalva de la inflación,  le di la diferencia, la vendedora con cara de angustia me preguntó si yo iba a agarrar hacia arriba, le respondí -no ¿por qué? está muy feo- asentó, -sí, han pasado muchos motorizados raros para allá- le señalé que yo iba hacia la avenida y me respondió -menos mal mija, dios te bendiga-, -gracias señora- (con cara de quinceañera enamorada).

Pensé: qué buena esa señora que me echó la bendición.

Caminé hacia el metro, se me derramó un poco de jugo, porque el vaso estaba robosado, tragué rápido, pues tenía que entrar al metro, en la salida una mujer de unos 50 años, me preguntó -¿en cuanto compró eso?- le hice seña con los cuatro dedos, tenía miedo de hablarle, por la psicosis colectiva de la burundanga y los robos extenuantes que suceden a cada segundo. Me dijo -ah es que un familiar montó un puesto y quería saber en cuánto las venden por aquí-, no quise parecer descortés y respondí con cara de absoluta curiosidad -¿ah sí y en cuanto las venden?-, -en 50, no le está ganando nada-, -no- respondí.

Allí quedó la conversación, sucumbí ante las escaleras mecánicas, metí mi único ticket en el torniquete averiado, esperé el tren en dirección Plaza Venezuela, seguí el trecho hasta mi trabajo, tenía pauta a las 11:00am en la sede de Fedecámaras, llegué tarde, rezaba para que la rueda de prensa no hubiese comenzado, -fue en vano- sin embargo, disfruté el camino de ida, el cielo estaba azul piscina y tenía nubes, muchas nubes, que parecían burbujas batidas o crema batida. El Ávila estaba floreado, vi plantas con pepitas anarjandas, árboles con rosas moradas y amarillas, otro bastante particular con unas ramas largas que dan un fruto vinotinto, pasamos por los campos de golf, por el barrio chino, todo se veía en calma, ordenado, como si por unos minutos no estuvieses en Caracas.

Llegué a hacer mi trabajo, el fotógrafo ya estaba allí,  alcancé a rocoger buena información, gracias a una colega que le hacía preguntas al ponente.

De regreso, todo estuvo más o menos igual, llegamos a la torre, almorcé... A eso de las 04:30pm bajé con mis compañeras por un café, reímos, observé nuevamente el cerro que ya esa hora estaba encapotado, me tomé un marrón grande que aliñé con polvo de canela y de cacao.

Bajamos a nuestros puestos, en la redacción se encontraba Diosa Canales, mientras le hacían la entevista, casi todos los hombres del área y unas cuantas mujeres, hacían prestos la cola para tomarse fotos con la vedette. Al fondo alguien rezongaba -después no se pregunten por qué tenemos un presidente como el que tenemos-.

La zarzuela  duró poco, se acabó al marcharse el cuerpo voluptuoso de la mujer, que estaba cubierto por una malla beige con encaje negro, que despertaba la curiosidad y el morbo de los presentes.

Terminé mi nota a eso de las 06:30pm, esperé un poco, mientras me encargaba de resolver unos tigritos pendientes. A las 07:20pm ya estaba lista para enrrumbarme hacia mi casa. 

De camino, un motorizado venía de frente hacia nosotros, traía luz, pero venía frontal, "a lo macho", se hizo a un lado, todas las mujeres que ibamos en el carro ruidoso, coincidimos en que era un inconsciente. 

Agarramos hacia la Avenida Fuerzas Armadas para dejar a una compañera, después bajamos por el Hospital Vargas. Perdí el contacto con esa Caracas nocturna, desconozco cómo luce y cómo se mueve, me aterra, le huyo tanto como pueda, veía todo con absoluta lejanía.

En estas últimas noches antes de que me lleven a la casa, he hecho turismo por algunas zonas como El Llanito, Terrazas del Ávila, Fuerzas Armadas, la Avenida Lecuna o la redoma de Petare. El martes cuando cruzábamos por la redoma, vi los mercadillos ya recogidos, a una  muchacha que parecía prostituta, por el bamboleo de sus caderas, el corto vestido y por la forma en que le habló a dos hombres, el sucio de las calles y sentí ese hedor a pescado y a fruta podrida tan característicos de Petare. 

Todo aquello me aceleró el corazón, Petare siempre me acelera el corazón, sentí miedo y pensé en las cosas terribles que se desentrañan en aquel barrio, en lo que no vemos, ansiaba tener una cámara y documentarlo todo.

Hoy bajando por el Vargas, había bastante gente en la calle, las camioneticas estaban paradas haciendo su agosto, observé a tres niños hurgando entre la basura como si se tratase de una piñata, más adelante dos jóvenes lucían atornillados en una de esas ventanas coloniales, con sus bandoleros terciados, parecían estar esperando a sus presas. 

La luz de las calles zigzaguea, en una cuadra hay y en la otra no, todo luce en silencio, pero al mismo tiempo los carros viejos se niegan a morir. La gente camina rapidito hacia sus refugios, las luces de los apartamentos parecen los únicos salvavidas.

Los carros y las motos se pelean el primer puesto, no hay cabida para el semáforo, todos huyen en aceras distintas para llegar a sus casas. La presencia de unos pocos guardias ya no abriga, la patilla que comí  temprano se me borró de un sopetón, por poco olvido las nubes burbujeantes de la mañana, pero Caracas es así, primero te da un suave beso y luego te estampa un mordisco.





Ariadna García


martes, 9 de agosto de 2016

La Venezuela jipata

Hoy estallé en llanto mientras caminaba hacia al andén de Palo Verde, salía por la Línea 3, las lágrimas comenzaron a rodar cuando subía las escaleras y escuchaba una canción de Ben Howard, estoy segura de que el tema fue el responsable de aquella escena.

Caminé con más prisa, pues no me gusta que me vean llorar, aunque no sería la primera vez, hace unos años cuando pasaba un despecho terrible, ese mismo andén que tomaría hoy hasta La California, se volvió mi posadero de lágrimas.

Hoy lloraba por algo en particular: Venezuela; pocas cosas consiguen darme asco o desencajarme, por lo general creo que he ido haciéndole estómago a las circunstancias. Cuando tenía 16 años mi abuelo enfermó y murió de cáncer, su última semana la pasó a mi lado, mi papá y mi tía trabajaban y no había nadie más que se pudiera quedar con él, me tocó a mí y lo acepté sin chistar.

Él estaba bien cuidado, estuvo hospitalizado por una semana y las enfermeras se encargaban de lo más difícil, en ese momento tuve que limpiar su flema muchas veces, ver cómo sus piernas se iban tiñendo de morado y evitar un día que, se sacara la pija, porque no quería orinar en el pañal, nada de eso logró afectarme, fue algo que nos tocó vivir a ambos.

También lo vi morir, dejó de toser, se quedó dormido, los médicos llegaron a la habitación y al darse cuenta, intentaron reanimarlo junto con las enfermeras. Fue en vano, él ya se había ido, hasta allí llegó esa historia y creo que no fue un shock tan grande. Cosas como esas habrían sido de las más duras, por ejemplo ver morir a la hermana de mi abuelo, un mes después, por la misma enfermedad, cáncer, mi tía lo había superado cinco años antes, pero el monstruo volvió con más fuerza.

De mi tía recuerdo que estaba en una cama en su casa y de sus brazos corría líquido, se veía realmente mal, moribunda. Las tragedias familiares han sido muchas así que no podría enumerarlas todas, pero lo cierto es que al presenciarlas, resistí, resistí, hubo tolerancia. Mi llanto de hoy responde a lo último que me ha tocado ver y no lo he podido tolerar. No soporto ver a la gente hurgando entre la basura para comer, no soporto ver cada vez más mendigos en el metro, niños mal alimentados colgados de los hombros de sus padres, mientras ellos venden chucherías o piden algo de dinero o comida.

Hace unos años inclusive hace un año, no veías a la gente recoger de la basura, la mendicidad ha crecido vertiginosamente en los últimos años y el hambre también. Pensaba: qué injusto tener que pasar por esto, yo logro comer bien, por el almuerzo subsidiado de mi trabajo, si no mi historia posiblemente sería esa.

También meditaba: qué rabia me da tener que irme de mi país, por culpa de este gobierno, esa es una idea que vacila en mi cabeza como a muchos, qué injusto tener que despedirte de lo que amas, porque saben algo, yo veo a esa gente en el metro y los quiero, porque yo amo cada cosa de esta tierra y lloraba porque no tengo estómago para tolerar este desastre.

La ciudad está devastada, deteriorada, sombría, desolada, esta no es la Caracas de hace cinco años, la Caracas donde comí, bebí, rumbee, caminé, me enamoré, donde pude vivir y ser libre, esta ya no es esa Caracas. Esta es cada vez más cercada, más peligrosa, más distante.

Tampoco tolero ver a las personas más flacas, más amarillas, sobre todo a los niños, no soporto verlos tan delgados y jipatos o llegar a la California y ver el Unicentro El Marqués, rodeado de gente que lleva horas haciendo las interminables colas, para comprar algún producto básico, embarazadas, niños, abuelos, todos allí dejando su vida por un bocado, condenados cada día a que su vida sea eso. 

En mi vida he soportado muchas cosas, pero con esto no puedo, no puedo.



A.G