Buenos Aires; 23 de febrero de 2013
Eran las siete de la mañana, salí al trabajo como de costumbre, esperaba el bondi, de pronto llegó una chica muy atractiva, llevaba una falda azul muy ajustada hasta la pantorrilla, una camisa abierta color crema y tenía un cabello marrón brillante que se soltaba por todas partes, me vio de reojo se rascó el labio inferior, siguió mirándome, yo ya estaba un poco nervioso, escudriñaba todo su cuerpo con mis ojos, sentí que me metía en sus piernas, fue evidente que me provocó una erección, ella sonreía y movía el meñique de su mano izquierda como en una especie de tic.
Intuí que debía caminar, me metí hacia la esquina de Pueyrredón, no me atrevía a voltear, quería que esa chica me siguiera, pero era algo loco y desenfrenado, seguí caminando atónito, me sentía como un pibe de 18 años, hasta que empecé a oír sus pasos. La calle parecía estar sola, me detuve, nos vimos frente a frente, comenzamos a besarnos apresuradamente, mi pene estaba totalmente rígido, su aparatosa falda gustosamente se corrió y dejó entrar mi mano, pude tocar y sentir lo húmeda que estaba, me besaba, tenía un olor como a hierba, era fresca y cálida.
No habían pasado ni cinco minutos, eran tocadas y lamidas por segundo, su mano se sentía pequeña y suave, me apretaba fuerte, yo ya no podía más, saqué un condón y me lo puse, la penetré, su cara era de gozo, parecía desmayarse sobre mí, apreté sus glúteos, pude sentir su carne, la besé, la besé en los ojos, como hubiese querido tocar y besar su senos, la levanté un centímetro del piso y fue como si me elevaba, aquello me estaba llevando a otra dimensión. No dijimos ni una sola palabra, no supe su nombre, ni su dirección , nada.
Han pasado tres años y aún pienso en ella, aún siento como si la besara, no cambio la ruta, voy y espero el bondi cada día en el mismo lugar, no sucede nada.
Esa mujer apareció ese día para trastornarme, para atormentarme, la deseo, la quiero de vuelta.
Todas las mañanas la busco en la esquina de Pueyrredón, son 1095 días sin éxito.
Tiene que ser de verdad, llevo tres años recordándola, tres años buscándola y aún no he visto si quiera una falda parecida...
sábado, 27 de febrero de 2016
La mujer de la esquina Pueyrredón
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domingo, 21 de febrero de 2016
Las caras del hastío
Vivir a Caracas no es fácil y menos en las noches
Pierdo la cronología en este relato, pero prefiero comenzar desde lo menor a lo peor. Hoy mientras iba en el bus, se subió una chica, enseguida capté algo extraño, lo extraño nunca me hizo problemas, al contrario siempre fui de acercarme a los raros, yo era rara, sigo siéndolo. Esta chica, con la camisa estrujada, sucia y anudada de un lado, pagó su pasaje, se quedó parada en la puerta, aún cuando habían puestos, allí de reojo la observé y noté esa mirada cabizbaja, que se metía en nuestras bolsas, en nuestras ropas, en nuestras carteras, esa mirada de quien busca lo que no debe, pero es lo que hace. Resulta que ahora lo raro -es peligro- lo raro se volvió un alerta, una mirada, un gesto, un movimiento, mi ojo vive día a día en vilo, es una pelota de básquet que va a todas partes, sin traerse nada.
Solo fue una chica, pero no una chica cualquiera, sino una que entra en esas miradas.
Hace dos noches, fueron dos caras en el metro, una muchacha y un muchacho, jóvenes malabaristas, con un aspecto de calle, con unas pieles que supuraban y dejaban ver el estado en el que se encuentran, la gente murmuraba, comentaba sobre otros casos de drogadictos cercanos a ellos, algunos regenerados otros no -por mi casa había una muchacha así, en ese estado y era bonita, era bien bonita-. A los bonitos no les debe pasar nada malo, al parecer, o es atípico que a los bonitos les pasen cosas malas, así como a los protagonistas de las pelis, en la vida real los bonitos no mueren, son protegidos por esa belleza celestial.
Al igual que los bonitos, están los jóvenes, impacta ver a los jóvenes de una ciudad en un estado deplorable, pues los jóvenes, deberían estar estudiando, viajando, explorando sus cuerpos, yendo de rumba, maravillándose con lo nuevo que les ofrece el mundo. Las condiciones están dadas, para eso, para que los jóvenes caigan en una espiral llena de oscuridad, lamentablemente.
Dos noches anteriores estaba en la Línea 3 como de costumbre, aunque un poco más tarde, eran casi las 09 de la noche. Llegó una señora gritando -Aquí hay discapacitados, quién es discapacitado aquí- Paró en la recta amarilla una silla de ruedas, con un niño como de cinco años con parálisis cerebral y a su lado estaba otro niño aparentemente sano, como de siete años, la señora no se veía bien, al menos no estable, seguía repitiendo -Alguien es discapacitado aquí- Todos en el vagón íbamos con caras largas, de pesar, por el niño en la silla de ruedas. A los niños no les debería pasar cosas malas, a ellos si que no, la señora en cuestión, era la abuela de aquellas dos criaturas, se veía preocupada por el niño, le quitó la sábana porque estaba sudando y su gorra azul clara, el otro niño bien despierto, comía una chupeta, que luego de cada lamida la compartía con su abuela, con gestos afables, la señora entre su devaneo sacó una botella de alcohol y allí las caras cambiaron, tomó un trago y le dijo al niño -Que te lleve la Lopna a ti a mí no...-
Mis ojos se quedaron allí inmóviles ante aquella situación, me tocó bajarme, pero mi cabeza siguió allí, haciéndose preguntas, pidiéndole a un Dios todopoderoso, su mano y su protección para esos dos niños, mi mirada siguió en ese vagón, hay cosas que es mejor no ver.
Más que la crisis económica, más allá de la insalubridad, la inseguridad, los mil y un problemas que tiene este país. Me preocupan los niños en manos incorrectas, me preocupa un Estado desconectado de su gente, de sus problemas, me preocupa que nuestros niños no gocen ni de un ente chiquitico de protección.
Empiezo a preguntarme que puedo hacer para ocuparme, qué podemos hacer para que esas miradas se trasladen a hechos, para que esas miradas dejen de ser indiferentes y comiencen a hablar, qué podemos hacer por nuestros niños.
Por estas calles las historias abundan, en cada vagón puede haber un infierno, en nuestras manos puede que haya algo bueno para dar, es hora de cruzar.
Por ahora espero que Dios me escuche y alcance para todos.
Pierdo la cronología en este relato, pero prefiero comenzar desde lo menor a lo peor. Hoy mientras iba en el bus, se subió una chica, enseguida capté algo extraño, lo extraño nunca me hizo problemas, al contrario siempre fui de acercarme a los raros, yo era rara, sigo siéndolo. Esta chica, con la camisa estrujada, sucia y anudada de un lado, pagó su pasaje, se quedó parada en la puerta, aún cuando habían puestos, allí de reojo la observé y noté esa mirada cabizbaja, que se metía en nuestras bolsas, en nuestras ropas, en nuestras carteras, esa mirada de quien busca lo que no debe, pero es lo que hace. Resulta que ahora lo raro -es peligro- lo raro se volvió un alerta, una mirada, un gesto, un movimiento, mi ojo vive día a día en vilo, es una pelota de básquet que va a todas partes, sin traerse nada.
Solo fue una chica, pero no una chica cualquiera, sino una que entra en esas miradas.
Hace dos noches, fueron dos caras en el metro, una muchacha y un muchacho, jóvenes malabaristas, con un aspecto de calle, con unas pieles que supuraban y dejaban ver el estado en el que se encuentran, la gente murmuraba, comentaba sobre otros casos de drogadictos cercanos a ellos, algunos regenerados otros no -por mi casa había una muchacha así, en ese estado y era bonita, era bien bonita-. A los bonitos no les debe pasar nada malo, al parecer, o es atípico que a los bonitos les pasen cosas malas, así como a los protagonistas de las pelis, en la vida real los bonitos no mueren, son protegidos por esa belleza celestial.
Al igual que los bonitos, están los jóvenes, impacta ver a los jóvenes de una ciudad en un estado deplorable, pues los jóvenes, deberían estar estudiando, viajando, explorando sus cuerpos, yendo de rumba, maravillándose con lo nuevo que les ofrece el mundo. Las condiciones están dadas, para eso, para que los jóvenes caigan en una espiral llena de oscuridad, lamentablemente.
Dos noches anteriores estaba en la Línea 3 como de costumbre, aunque un poco más tarde, eran casi las 09 de la noche. Llegó una señora gritando -Aquí hay discapacitados, quién es discapacitado aquí- Paró en la recta amarilla una silla de ruedas, con un niño como de cinco años con parálisis cerebral y a su lado estaba otro niño aparentemente sano, como de siete años, la señora no se veía bien, al menos no estable, seguía repitiendo -Alguien es discapacitado aquí- Todos en el vagón íbamos con caras largas, de pesar, por el niño en la silla de ruedas. A los niños no les debería pasar cosas malas, a ellos si que no, la señora en cuestión, era la abuela de aquellas dos criaturas, se veía preocupada por el niño, le quitó la sábana porque estaba sudando y su gorra azul clara, el otro niño bien despierto, comía una chupeta, que luego de cada lamida la compartía con su abuela, con gestos afables, la señora entre su devaneo sacó una botella de alcohol y allí las caras cambiaron, tomó un trago y le dijo al niño -Que te lleve la Lopna a ti a mí no...-
Mis ojos se quedaron allí inmóviles ante aquella situación, me tocó bajarme, pero mi cabeza siguió allí, haciéndose preguntas, pidiéndole a un Dios todopoderoso, su mano y su protección para esos dos niños, mi mirada siguió en ese vagón, hay cosas que es mejor no ver.
Más que la crisis económica, más allá de la insalubridad, la inseguridad, los mil y un problemas que tiene este país. Me preocupan los niños en manos incorrectas, me preocupa un Estado desconectado de su gente, de sus problemas, me preocupa que nuestros niños no gocen ni de un ente chiquitico de protección.
Empiezo a preguntarme que puedo hacer para ocuparme, qué podemos hacer para que esas miradas se trasladen a hechos, para que esas miradas dejen de ser indiferentes y comiencen a hablar, qué podemos hacer por nuestros niños.
Por estas calles las historias abundan, en cada vagón puede haber un infierno, en nuestras manos puede que haya algo bueno para dar, es hora de cruzar.
Por ahora espero que Dios me escuche y alcance para todos.
miércoles, 27 de enero de 2016
Nos llamaron Ana Frank
Lucía y Mariana, dos jóvenes venezolanas de unos veintitantos años, fueron a la misma universidad, comparten ciertos gustos, en fin, son amigas. Sin querer me he topado con su conversación y me ha causado mucha impresión. Sé que lo que escriba parecerá exagerado, desgarrador y melodramático, pero estas niñas me han conmovido, y la verdad es que sus quejas, sus reproches, son injustos y les doy la razón.
Lucía es de padres colombianos, fue hace poco a visitar a su familia a Medellín, relataba que tomando en un bar con sus primos a las 11 de la noche, de pronto se halló llorando en medio de todos, porque hacer algo así en Venezuela podría costarle la vida, ella le decía a las amigas que no le creerían, yo le creo.
Mariana, una chica del interior que vive en Caracas hace varios años, contaba que ahora tiene un teléfono nuevo y lo deja en casa, porque le da pánico ser asaltada por culpa de ese aparato. Lucía, se nota que es apasionada y con rabia le decía -es injusto chama, por qué tienes que dejar tus cosas, algo tan normal como un celular, por qué-.
Lucía dice -yo desde que llegué de viaje vivo encerrada en mi casa, en lo que va de año he leído cinco libros y he visto diez películas, así será mi vida hasta que me vaya del país, vivo ¡alarmada!
Entre tanto otra chica dijo -Lucía pareces Ana Frank, tampoco se puede vivir así...
Lucía menciona, al menos en aquel momento había una guerra declarada. Aquí está muriendo mucha más gente y nada...
Hubo un silencio entre estas dos, que sienten que comparten una cárcel a los veinte años, una cárcel injusta, una cárcel que ningún joven desea. Estas chicas quieren ir de noche a un bar, estas chicas sólo quieren ser chicas.
La conversación deja de ser grupal, una sabe exactamente cómo se siente la otra y le escribe por privado.
Mariana dice-conozco esa sensación de desapego que sientes, yo tampoco me acostumbro ni me acostumbraré a este mal vivir. Caracas es la segunda ciudad más peligrosa del mundo, no hay forma de que esto no nos afecte. Al igual que tú, vivo encerrada, no sé lo que es salir a tomar algo en meses, por ahora disfruto de lo bello que aún queda, para sobrevivir a esta ciudad me he vuelto una turista.
Lo único que queda es estudiar, prepararse, al final estudiar aquí, sigue siendo más barato que en otras partes.
Lucía le responde -nos llamaron Ana Frank, somos prisioneras.
Mariana dice -hablar de esto es delicado la gente está muy sensible, los venezolanos hemos cambiado mucho.
Planear una reunión entre amigas, es más difícil que llegar al Everest. No puede ser tarde, debe ser céntrico, deben coincidir los horarios, no debe ser tarde.
Muchos jóvenes desesperanzados. Trabajos mal pagados, sueldos que no alcanzan, noticias aterradoras, sin posibilidad de tomarse alguito en el café de la esquina, ya no se sabe a dónde ir, ni por qué se lucha, ya los sueños se van quedando más lejos. Las ganas de quedarse y hacer algo, se vuelven un bosque empantanado, que pesa en los pies, pesa y no deja avanzar.
Mariana se queja, -lo más fastidioso de tener que irte o de decidir irte, es que sientes como si fuese una patada que te echa de tu propia casa.
Lucía asienta con un emoji triste y llorón.
-Ya no nos preocupamos si Raquel me robó el novio, o si fueron a la playa y no me avisaron. Nos quitaron muchos años chama.
Sus prioridades y preocupaciones son otras, aquí no hay muchachos viviendo pendejadas, aquí hay muchachos padeciendo, sufriendo, encerrados, muchachos leyendo cómo cada cinco minutos asesinan a uno de los de ellos. Viendo a los amigos partir, a las familias, viendo como todo se desmorona.
Mariana y Lucía, serán amigas por chat, por mensajes, serán amigas siempre, pero desde la distancia, serán amigas separadas por su realidad.
No serán las de la foto, no compartirán un café, no se echarán en la grama de la plaza a tomar fotos, ni irán a la Gran Sabana pidiendo cola.
Les quitaron muchos años a estos chamos... Les quitaron esas experiencias tontas de la vida.
AG
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domingo, 24 de enero de 2016
Caracas es un basurero improvisado
Edificios invadidos, aguas negras derramadas, un olor putrefacto constante, ruido, aguas negras otra vez, un motorizado a la deriva, calles sucias, agua, nubes, una montaña cálida. Dos sujetos se pelean en la entrada del supermercado, todos parecen carritos chocones, una señora finge haber perdido su tarjeta, la cajera con tos la llama mentirosa; todo se resuelve. Ruido, tras ruido, basura, tras basura, el hombre del piropo insolente: Caracas.
A.G
La férula
Tocar su prótesis dental, cada mañana; no es un gran accidente. Yo me levanto más tarde, airosamente logro conseguirla seca. Si tan sólo me diera repulsión, habría valido de algo este relato, pero por ahora mis pretensiones son otras, generar en ustedes ese asco, que ni con las llagas aparece.
AG
El helado de teta
Hoy me dieron muchas ganas de comerme una teta, pero en Caracas, casi nadie vende tetas. Tampoco invento hacerlas yo, porque hacee años, cuando ayudaba a mi abuela a abrir las bolsas, lo intenté y me quedaban aguadas, así que desistí.
Abrir las bolsas, consistía en emplear un poco de aire y soplar, luego doblar hacia afuera los bordecitos y ponerlas sobre la mesa.
Las manualidades no se me dan, por ejemplo: no pude aprender a tejer cuando la señora Flor, un poco antes de que comenzara la clase de danza, nos enseñaba el punto, tampoco aprendí a hacer, la crineja cola de pescado, ni la otra que es como una corona, pero por dentro, aunque sí sé pegar un botón.
En los pueblos cualquier señora vende tetas, en cambio aquí en Caracas, es un mercado cautivo. La última que me comí una fue en Ocumare, era de coco, no era tan buena, pero refrescaba. Ahora la gente, lo que vende mucho, son unos heladitos que hacen en vasitos chiquitos, a veces les ponen una paletita, esto los hace más cómodos.
Sin embargo, nada como una teta, fría, helada, resuelta, de galleta, de parchita, de mango o de coco ¡Vaya usted a imaginar cuántos sabores de tetas existen!
¿Algún día "la teta" será tan famosa como la arepa? -Pues, no lo sé.
Lo que sí sé, es que esas tetas de mi abuela, me dieron a mí las bocanadas más refrescantes, los sabores más puros, los más divinos, las frutas más exóticas.
Las tetas fueron la brisa entre tanto calor albariquense.
AG
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Guaicaipuro
La ascensorista siempre dice con entusiasmo: adelante muchacha, adelante muchacho, (estos muchachos en su mayoría son sexagenarios). La mujer tiene un radio, escucha una bachata de Romeo Santos, mi tía se sorprende, porque el viejo aparato lleva dentro un pendrive, bajamos, están las siempre tiendas de pijamas, al fondo de los pasillos: las verduras, las flores, los racimos de ajo.
Suena una salsa, mi tía hace una mueca como si quisiera bailar, un vendedor la captura de inmediato y le dice "señora a usted se le nota que sabe bailar". Mi tía le dice "y una cabillita de esas, más".
Seguimos... Mientras compramos el pollo, una señora preocupada, dice que ya se le acabaron los reales y que falta mucho para la quincena, "¡qué haré!". Entre el calor de los pequeños pasillos, continuamos, volvemos al principio, una mujer llama la atención, por no estar parados en la línea amarilla, que separa su tienda de la multitud, yo no escuché.
"¡Adelante muchachos!" subimos. Arriba las tienditas de costumbre, extrañamente cerradas, ingenuamente pregunto en un sitio ¿hay harina Pan? -No, eso es un chiste, me digo. A punto de marcharnos, veo el cesto de hilos, digo: qué hermosos. Después de marcharme digo: a Guaicaipuro siempre...
AG
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