miércoles, 9 de enero de 2019

El caos de moverse en el TransMilenio de Bogotá

TalCual- El tráfico en Bogotá te recibe sin disimulo. Desde que emprendes camino a la ciudad encuentras las vías atestadas de automóviles. La contaminación es tangible. En las noches te sangra la nariz y en el día ves a algunas personas usar tapabocas.
El TransMilenio parece ser el gran problema en cuestión de movilidad para los bogotanos. Las líneas principales han colapsado. La cara de los pasajeros refleja inconformidad, enojo y cansancio.
Es diciembre. En un bus hacia Chapinero una mujer se queja luego de varios frenazos bruscos y grita: “¡Será que se sacó la licencia de conducir de una caja de Cheetos!”. Algunos se ríen y la secundan. Alrededor, los cuerpos bambolean de un lado a otro y una mujer se lamenta porque sin querer le arañaron el brazo.
Esta misma escena se repite en otras rutas. A cualquier hora los autobuses van abarrotados. No hay espacio para nadie más. En 2017 se varaban a diario unos 33 buses de TransMilenio, según una investigación del diario colombiano El Tiempo.
Este sistema de transporte masivo no cuenta con señalizaciones. No hay operadores, ni parlantes que recuerden las normas de uso, ni ciertas advertencias. No hay un rayado. En las entradas y salidas de los pasajeros, la gente se amontona en las puertas, quienes salen abren un pequeño espacio, a empujones. Los bogotanos no saben cómo se usa el TransMilenio y los turistas tampoco, porque no hay nada que les indique el cómo.
Los boletos de un viaje en el TransMilenio de Bogotá cuestan 2.400 pesos colombianos, lo que equivale a casi un dólar, debido a que la moneda estadounidense en ese país tiene un valor de unos 2.800 pesos. Hacer dos viajes al día son 4.800 pesos.
La congestión en las rutas para desplazarse por la ciudad, hace que fácilmente un colombiano haga unos cuatro viajes al día, lo que significa unos $3,42 diarios, esto equivale a 9.576 pesos.
Si un colombiano hace cuatro viajes durante 20 días, destina 191.520 pesos de su salario solo en transporte público y 95.760 si hace solo dos viajes al día. El salario mínimo en Colombia hasta diciembre de 2018 era de 781.242 pesos.
Los bogotanos destinan el 24,51% de su salario al mes para movilizarse en transporte público, si hacen cuatro viajes al día
En esta infraestructura se permite la ingesta de alimentos. No hay papeleras dentro de las estaciones. Un usuario puede recorrer varias y no hallar un solo lugar para destinar los desechos.
La planificación del TransMilenio queda a la vista de quien se sube en él como en la improvisación. Pareciera que con el tiempo se perdió el norte de lo que sería el proyecto o simplemente se desatendió.
En 2016 los vehículos de esta empresa privada estuvieron implicados en 4.600 accidentes, de acuerdo a El Tiempo.
El TrasMilenio lleva 20 años prestando sus servicios, hoy expertos como el ingeniero Miguel Fernando Cardona Valencia, quien fue funcionario y dirigente en la operación del sistema, aseguran que el medio de transporte “ha llegado a su máxima capacidad”.
El ingeniero explica que al construirse el TransMilenio Bogotá tenía seis millones de habitantes, en la actualidad esta cifra ronda los ocho millones. La población creció, pero el proyecto se estancó y no volvió a contar con expansión de rutas, ni inversión.
Quienes se mueven por Bogotá lo hacen con cansancio y reproches. Una persona que vive a unos 20 minutos de su trabajo puede tardarse hasta unas dos horas si toma el TransMilenio, según contó Daniela Mejía en entrevista a TalCual.
La mendicidad también está presente en los pasillos de estos autobuses que van apresurados. Es común ver a venezolanos y colombianos explicar su mala situación y pedir ayuda, así como a otros vender golosinas y cualquier artículo para ganarse la vida.
Bogotá es una urbe sitiada por el tráfico. El uso de bicicletas no se ha vuelto masivo. Mientras tanto los usuarios caminan a trompicones en esa ciudad poblada de murales coloridos, que hacen ameno el viaje cuando el trancón pega más fuerte.
Con información de El Tiempo. Recorrido realizado por el equipo de TalCual en diciembre de 2018.

domingo, 6 de enero de 2019

Edwin Erminy, el escenógrafo del Teresa Carreño que se le plantó a Chávez en 2003

Caracas; 21 de octubre 2003
Carta de renuncia de Edwin Erminy, luego de trabajar 20 años en el Teatro Teresa Carreño.

Ingeniero José Luis Pacheco
Presidente
Fundación Teresa Carreño.—
Apreciado Ingeniero,
Fue un honor formar parte del Teatro Teresa Carreño. Ya no es posible. El lema de su gestión es "Ahora el Teresa Carreño es de todos". La realidad de los hechos es que bajo su mandato el Teresa Carreño ha dejado de ser un teatro y sirve cada vez a menos venezolanos.

1. Un teatro medio muerto.
No puede ser de todos un teatro cuyas puertas están cerradas, cuyas salas están vacías. Celebramos los 150 años de Teresa Carreño y los 20 del complejo cultural que lleva su nombre cancelando la programación de ópera (incluyendo la suspensión en el último minuto de la última producción que nos quedaba, la ópera venezolana "Los Martirios de Colón", por imprevisión financiera y una insólita incapacidad para negociar con los artistas), reduciendo al mínimo las funciones y eliminando los estrenos del Ballet Nacional de Caracas, compañía que fuera orgullo del país. El teatro no ha estrenado ni una sola producción, ni se ha planteado en concreto proyecto artístico alguno, durante su administración. En el campo de los espectáculos populares y folclóricos el balance es igualmente sombrío: solo dos espectáculos de música venezolana, el merecido y muy esperado homenaje al Carrao de Palmarito, convertido inexplicablemente en un evento cerrado al público, con la sala a medio llenar de funcionarios del Conac obligados a asistir mediante circulares a sus jefes y activistas políticos que aplastaron con sus consignas el canto y el recuerdo del maestro; y el mitín político "Barrio Adentro", organizado por la Embajada de Cuba, con la participación del grupo Madera, contraviniendo una norma dictada por usted mismo en contra de las actividades de proselitismo político en nuestras salas. Los pequeños y medianos empresarios, que tradicionalmente alimentaban con su trabajo nuestra programación, han desaparecido paulatinamente, llevándose su experiencia y contactos artísticos de años, sin que pudieran llegar a ningún tipo de convenio con el teatro. Ya es normal ver pasar fines de semana sucesivos sin actividades en la Sala Ríos Reyna.
Los planes educativos, que permitieron unir el esfuerzo de artistas, empresas privadas y el teatro para traer a decenas de miles de niños de escasos recursos a nuestras salas, y nos merecieron el reconocimiento de la Unesco, mueren hoy de mengua. Apenas sobrevive, sin continuidad, orientación pedagógica ni apoyo financiero, el programa Ballet para las Escuelas: una iniciativa aislada de algunos empleados del teatro.
Hoy en este teatro no se canta, no se baila, no se actúa, no se produce y no se educa. El teatro ni siquiera cumple con su misión de colaborar con quienes si lo hacen: los teatros y agrupaciones culturales del área metropolitana. Siguiendo sus órdenes, de nuestros inmensos depósitos no ha salido ni un traje, ni una peluca, un par de zapatos o una tarima para apoyar la gestión de artistas profesionales ni aficionados que luchan por expresarse y servir a sus comunidades pese a las dificultades del momento. De nada han valido las proposiciones de intercambio ni los proyectos de reglamentos que hemos elaborado para garantizar el uso adecuado y responsable de esos recursos. Para el "teatro de todos" no existe la solidaridad ni la responsabilidad social.
La pretensión de cobrar alquileres por igual a todos los que solicitan nuestra colaboración, incluyendo ahora el uso de espacios de ensayo que durante años han estado a disposición de los mejores artistas del país, no solo huele a neoliberalismo del más salvaje sino que resulta francamente insensata y discriminatoria. Nadie alquila nada. Nadie tiene real. No se puede aplicar el mismo rasero a una gran empresa publicitaria que a cualquiera de nuestros principales grupos de teatro y danza, actualmente en peligro de extinción. Su gestión está colaborando con esa extinción. En el futuro será difícil recuperar el tiempo, e imposible recuperar los talentos, que hoy estamos perdiendo.

2. Un teatro que ya no es teatro.
Lo que ahora sustituye al ballet, la ópera, el folclor y los espectáculos populares en nuestra programación son las múltiples presentaciones personales del Señor Presidente de la República.
La relación de este teatro con el poder ha sido siempre difícil y desigual. El ego de los gobernantes ansía el espacio de los artistas por lo que tiene de grande y glorioso. Aunque sea solo en apariencia. Todos recordamos la mudanza del Congreso Nacional al teatro para celebrar la pavosísima coronación de Pérez II. Poco ha cambiado en estos tiempos, quizás más bien se han profundizado esas tendencias.
Nadie puede negar el derecho, nacido del poder y no de la razón, que se abroga el primer mandatario de utilizar a su libre albedrío los espacios del teatro. Lo que si podemos es argumentar que convertir una sala de espectáculos de nivel internacional en una sala de audiencias implica una subutilización irracional de los recursos técnicos y artísticos de la institución y un atentado contra la vocación del edificio.
¿De qué sirven la tramoya computarizada, las plataformas móviles de uso variable, los controles de iluminación, el acondicionamiento acústico, el personal altamente especializado, para que el Señor Presidente pueda, por ejemplo, repartir uno a uno, durante horas sin fin, cheques a atletas de mérito? ¿No valdría la pena sugerirle al Señor Presidente que utilizara respectivamente la habilitaduría del IND, allá en Montalbán, o los gimnasios de ese organismo o, para mayor gloria deportiva, el Estado Olímpico de la UCV?
El Teatro Teresa Carreño es más o menos bueno para las artes escénicas, la música, el cine y algunas pocas cosas más. Eso ya es bastante. Al menos para los que creemos en el valor civilizador de las artes y en el derecho del pueblo a acceder a sus expresiones ¿Para qué forzar la barra?
Cada edificio tiene su vocación: su ubicación, su forma arquitectónica, sus recursos técnicos y su historia los hacen adecuados para un determinado fin. El Aula Magna de la UCV, o la Sala Plenaria de Parque Central o el Auditorio de la Casa Sindical de El Paraíso son buenos ámbitos para las asambleas. El hermoso espacio cívico de la Plaza Bicentenaria, Premio Nacional de Arquitectura, o la Plaza Caracas del Centro Simón Bolívar (si reubicamos a los buhoneros) son ideales para los grandes encuentros colectivos. Los estudios abandonados de VTV (si contratan algún escenógrafo con criterio) son ideales para las alocuciones mediáticas.
Uno no oye noticias como "el Presidente Bush declara la guerra a Irak desde el Radio City Music Hall" o "Fidel condena a muerte a los disidentes desde el histórico cabaret Tropicana en La Habana". ¿No podemos esperar de nuestros gobernantes un poco de respeto por la misión cultural de nuestra institución?

3. Dos visiones diferentes del teatro.
No se trata solo del desuso, el mal uso y el subuso de los espacios y recursos del teatro. Más grave aun es el choque de dos maneras de entender el trabajo del teatro, reflejo de dos éticas diferentes.
En el teatro sabemos que lo que no se planifica con tiempo y no se ensaya no sale. Un teatro decente en cualquier parte civilizada del mundo es programado por expertos con un año de antelación. Aunque usted no lo crea, eso ocurría en el Teatro Teresa Carreño hasta hace muy poco. Para la gente de teatro hay dos mandamientos universales: que el escenario es un lugar sagrado y que el público merece siempre el mayor respeto. Si no que le pregunten en el más allá a los difuntos Elías Pérez Borjas, Carlos Giménez y Vicente Nebrada cuyas iras incontenibles lograron grabarnos en el código genético que nada que no sea perfecto debe presentarse al público desde un escenario. Para cumplir con esa visión y ese nivel de exigencia nos hemos formado durante 20 años de vida institucional, tanto en la práctica del teatro como en pasantías, talleres, cursos y postgrados tanto en el país como en el exterior.
Usted y yo hemos sido testigos de cómo para el Señor Presidente y quienes "organizan" sus eventos estos valores son intrascendentes. La revolución es otra cosa. "Cuando lo extraordinario se convierte en cotidiano", como decía el Che Guevara, ¿qué importa poner a activistas incompetentes o militares autoritarios, sin la menor noción de organización de eventos, a cargo de nuestra sala? ¿Qué importa traer en autobuses del interior a más gente de la que cabe en la sala, para hacerla esperar 5 horas por la llegada del Señor Presidente, pasando hambre y orinándose? ¿Qué importa improvisar el programa de un evento y utilizar recursos técnicos sin tiempo para instalarlos debidamente y mucho menos para ensayar nada? ¿Qué importa llenar el escenario y la sala de pancartas mal pegadas con alambre y tirro?
Mi respuesta, ingeniero, es que sí importa. Lo que la retórica del político llama "amor al pueblo" es lo que nosotros llamamos "respeto por el público" y nos debería obligar a atender con cortesía a todos los que entran a nuestro teatro, a comenzar las funciones con puntualidad, a exigir que la factura técnica y estética de lo que se presenta sea óptima. No hacerlo revela un profundo desprecio por el pueblo, esa gente que en las reuniones con la Casa Militar del Señor Presidente llaman "pueblo en general" como si se tratara de una masa amorfa que sólo sirve para llenar el fondo de una toma de televisión.

4. Un equipo desmoralizado y desmembrado.
El efecto más grave de la imposición de esta visión de la vida del teatro ha sido la desmoralización, y ahora, el desmembramiento del equipo humano que durante 20 años se ha formado en este teatro, para sustituirlo por uno que sea cómplice de esta aberración. Su gestión necesita militantes que obedezcan la línea que baja del Señor Presidente, no tolera artistas y técnicos creativos, independientes y críticos.
El primer paso de esta estrategia ha sido neutralizar los niveles gerenciales, en los que por razones estrictamente partidistas usted no confía. Para ello ha centralizado en sus manos la totalidad de las decisiones técnicas, artísticas y administrativas, eliminando todos los mecanismos de consulta a los gerentes profesionales. Como resultado, las gestiones más sencillas se han hecho infinitamente lentas e ineficientes y la parálisis del teatro se ha agravado. Los gerentes han demostrado una y otra vez su disposición a trabajar con usted por la institución y se han topado una y otra vez con su puerta cerrada.
No parece coherente esta manía centralizadora y autocrática con los principios de la "democracia participativa" que supuestamente orientan "el proceso". Esta contradicción la pretende resolver su gestión apelando al asambleísmo.
Permítame una digresión. En el teatro, en los teatros en general, no existe una jerarquía única e inamovible. Lo que hay es una estructura de mandos dinámicos y alternantes, en la que el tramoyista manda a la hora del montaje, el coordinador de escenario a la hora de la función, el jefe de sala justo antes y después, el director de escena (o de orquesta o el coreógrafo) durante el ensayo, y así sucesivamente. Para el observador neófito el teatro parece funcionar sólo pero lo que realmente ocurre es que los diversos mandos actúan de manera orgánica y las jerarquías, aún siendo abiertas, son conocidas y respetadas por todos. No es un mal modelo para una república.
Lo que resulta francamente inaceptable es que se haga creer al personal que son ellos en pleno, reunidos en asamblea, los que tienen la potestad de decidir en áreas tan especializadas como la programación artística o la distribución del presupuesto.
Primero porque conceptual y políticamente la idea es un esperpento sobreviviente de los años 60 del siglo pasado. Poner a la burocracia interna de las instituciones del Estado como el centro de la gestión cultural no tiene sentido. ¿Es que acaso los espectadores, tanto los existentes como los potenciales, no tienen derecho a opinar sobre el destino de un teatro que debería ser su espacio de encuentro? ¿Es que acaso los artistas, los intelectuales, los creadores, no valen nada para un teatro que debería ser su espacio para la creación?
Y en segundo lugar, es inaceptable porque es mentira. Las decisiones no las toma nunca la asamblea. Están cocinadas antes y se presentan solo para informar al personal, con énfasis en la distribución de prebendas que acallen las conciencias. No hay debate. Hay, como en las asambleas de Stalin, aclamación.
Mucho me temo que lo que está detrás de esta visión infantil, sectaria y burocrática es la desmedida ambición política de un personaje que se ha convertido en el verdadero factor de poder en el teatro y que lo está utilizando, a usted y al teatro, como un trampolín para metas personales más altas. El jefe de un sindicato ilegítimo que despide empleados y hace nombramientos sin consultarlo a usted y mucho menos a las bases que lo eligieron. El jefe de un sindicato que, al igual que usted, es testigo silencioso de las limitaciones al derecho al trabajo, los maltratos y las amenazas, tanto veladas como directas, a los que han sido sometidos nuestros compañeros de sala y de escenario por parte de funcionarios armados de la Casa Militar del Señor Presidente, la DISIP y hasta los Tupamaros, que asumen el mando de nuestros escenarios durante las frecuentes visitas del primer mandatario. El jefe de un sindicato que ahora, casualmente, asume la "coordinación" de las presentaciones del Señor Presidente en el teatro, aparentemente con la potestad de hacer contrataciones millonarias de alquiler de equipos y servicios.

5. ¿Perspectivas?
Mientras el teatro esté en manos de un sindicalero convertido en pequeño emperador y de los colaboradores de un Presidente que no entiende la verdadera utilidad de un teatro, mientras estén marginados los gerentes y jefes de unidad profesionales, las perspectivas son sombrías. Continuarán los abusos, se reducirá cada vez más la producción, bajará la calidad. Serviremos cada vez peor a cada vez menos venezolanos.
Está usted equivocado en su decisión de comprar tecnología audiovisual de punta para mejorar la calidad de las presentaciones del Señor Presidente. Esos equipos se llevarán una inmensa tajada de un presupuesto que estaría mejor invertido en hacer teatro para la gente de Caracas. La tecnología se hará obsoleta en poco tiempo, la burocracia se abultará con los operadores de las nuevas máquinas, y las presentaciones del Señor Presidente seguirán siendo improvisadas, mal diseñadas, porque el rancho, proverbialmente, está en la cabeza de quienes "crean" esos eventos. Porque la ética que los orienta no está del lado de la calidad en el servicio a la comunidad.
En todo caso, ingeniero, volviendo a lo de la tecnología de punta, lo sensato sería mantener buenas relaciones con proveedores de servicios confiables, negociando condiciones favorables para la institución. Las empresas especializadas están dispuestas a hablar, pero su gestión no ha mostrado interés alguno en oírlas.
No bote los reales en equipos que nunca podrán cubrir las exigencias siempre cambiantes de los creativos del espectáculo. El Teresa Carreño necesita urgentes inversiones en mantenimiento y en el rescate de su programación artística y educativa. No hacerlo llevará al cierre del teatro, simplemente porque se nos caerá encima o porque dejará de tener razón de ser.
Si su gestión realmente quisiera hacer de este un "teatro de todos", la función educativa no estaría eliminada. Sólo podremos ampliar el acceso de los caraqueños al teatro si sembramos hoy en los niños y jóvenes de todas las clases el conocimiento y la sensibilidad por lo que hacemos aquí, y la conciencia de que esta casa les pertenece. Esta es una tarea urgente. Mientras tanto, suena a retórica hueca la letanía sobre abrir el teatro a los excluidos ¿como piensa usted lograr que ese 80% de venezolanos que se acuestan hoy sin saber si van a comer mañana, aparten Bs. 50.000 de su presupuesto de actividades de ocio y tiempo libre para comprar los boletos subsidiados, por ejemplo, de Olga Tañón? ¿Cual es su plan para que los caraqueños desempleados o subempleados o informales encuentren la disposición física y emocional, no estén demasiado desinformados, desmotivados, cansados, inseguros o hambrientos para pasar una velada en el teatro? ¿Existen espectáculos elitescos, como se ha repetido hasta la saciedad, o es elitista la falta de estrategias realistas, efectivas y concretas para garantizar el acceso de todos a todos los productos del espíritu humano?
En cuanto a nosotros, los artistas y técnicos marginados por su gestión, sólo me queda confiar en las habilidades que hemos desarrollado durante siglos para lograr que la creatividad florezca en los momentos más oscuros. Seguiremos trabajando y luego, cuando pase este accidente, volveremos a entregar nuestro trabajo a nuestra comunidad en estos espacios. En el camino, trágicamente, quedarán las voces de cantantes que se perderán sin haber cantado, los cuerpos de bailarines que nunca bailaron, y la ausencia de tantos y tantos artistas, diseñadores y técnicos que perdimos a la diáspora del talento venezolano.

Atentamente,
Edwin Erminy
Arquitecto Escenógrafo.

Edwin Erminy falleció el 1 de enero de 2019 en Trinidad y Tobado, donde residía desde hace un par de años, a causa de un accidente.

martes, 1 de enero de 2019

Mi bisabuela, la vidente de la luz en Año Nuevo

Hace apenas unos años atrás, cuando mi familia se reunía toda en Yaracuy, había una especie de tradiciones el 1 de enero. Una de ellas era ver el desfile de las flores que hacen en EEUU o en Londres, yo no lo sé porque nunca me gustó y no me quedaba a verlo. Le prestaba atención al recalentado que íbamos a desayunar y a las palabras de mi bisabuela.



Ana L, quien partió de este mundo hace casi cuatro años, se sentaba en el porche de la casa, veía hacia el horizonte y examinaba la luz. Mi abuela no era demasiado supersticiosa pese a ser de un pueblo que comparte ubicación geográfica con la Montaña de Sorte. 




Sin embargo, lo del 1 de enero era una de las pocas cosas sobrenaturales que recuerdo de ella. Dependiendo del brillo o de la nubosidad, mi abuela diagnosticaba cómo sería el año. La verdad no recuerdo un mal augurio, siempre decía algo como: este año va a ser bueno, miren cómo entró la luz. 




Tal vez mi abuela solo era ese puerto anclado a la esperanza y la transmitía a nosotros. 




Ya no tengo a mi abuela para que me haga las revisiones de los años, tampoco creo haber aprendido a hacerlo, pero hoy vi el cielo y me pareció hermoso, recordé su ritual y a ella. Creo que la luz de hoy le habría gustado. Pienso que le asignaría un buen presagio. 




Mientras conversaba con esa mujer que sigue a mi lado de otras formas, la palabra libertad no se me quitaba de la mente. 




No sé qué depara 2019, pero tengo este cielo que me sonríe, la sabiduría de esa abuela y la palabra libertad entre el corazón y el pensamiento.


Gracias por tanto a Ana Lucía. 

La mujer que me inspira a echarles este cuento corto.



El Hilo de Ariadna

martes, 11 de diciembre de 2018

Yo + turbada

No había reflexionado sobre lo que me parece "tabú" hasta que hace un par de días las palabras: masturbación femenina, se me metieron en la cabeza con una imposición tan férrea que comencé a cuestionarlas. A hacerme preguntas.


El tabú no existe para mí porque de alguna manera creo que se acaba cuando hablamos, cuando desafiamos la norma, cuando decidimos no pedir permiso para expresar nuestras opiniones. Deslastrarse de eso es fácil, basta con atrevernos a explorar lo que nos es desconocido, basta con mentarlo, tentarlo y descubrirlo. Basta con desnudarlo y dejarlo como la punta de un pezón helado a la vista de todos.


Después de tantas inquisiciones llegué a una conclusión: la masturbación femenina es un tabú. Está vetada, resguardada como los secretos de la iglesia. Está esperando por salir de la gaveta para hacer una fiesta.

Desde adolescente recuerdo a mis compañeros de clase hablar de la masturbación. Se reían, hacían chistes completamente públicos sobre "Manuela" y los cinco dedos. Para los hombres hablar de este tema estaba más que permitido. Era normal, natural.


Los penes dibujados en las paredes de los baños de las escuelas también estaban presentes ¿dónde estaban metidas las vaginas? ¿por qué las mujeres no dibujamos vaginas en las paredes? ¿qué se oculta dentro de nuestras conchas? ¿qué es lo que no debemos decir?


Llegué a la masturbación como a los 9 años. Sola, sin educación, ni estímulos externos. Nadie en casa me habló del tema. Mis dedos me llevaron a él. Las primeras masturbaciones son las más intensas, nada de lo que vendrá después podrá igualarse. Todo está más sensible, tu clítoris se pone tan rojo que terminas por creer que se posó alguna avispa mientras te explorabas.


Los roces son inevitables. Una vez que pruebas quieres estrujarte con la sábana, con los peluches, con las almohadas. Masturbarse es riquísimo. Sí, las mujeres también nos masturbamos y nos + turbamos al creer que eres la única que lo práctica porque nadie habla de eso. A los 9 años lo piensas y pasan muchos años para que descubras que: ¡sorpresa! es normal.


Masturbase es también el camino para conocer tu cuerpo, lo que te gusta y lo que no. Es entender tu vagina, recorrer sus dimensiones, ver cómo los labios se ensanchan cuando están satisfechos y cómo disminuyen cuando están tranquilos. Es saber de qué tamaño son tus líquidos, qué tan fuertes pueden volverse tus pezones.

La masturbación es un hilo que empieza con tus dedos. Es el poder de decir aquí, ¡ah!, sí, no, más, menos, un poco, otro poquito más, así. Es un acto de libertad, que te lleva a donde querés, a donde puedes ser un poco más, ese más que se convierte en un gel cristalinozo que te enloquece.


La masturbación femenina tiene nombre de vulva, cara de vulva, vellos de vulva. Tiene un rostro que se ha mantenido cautivo por muchísimo tiempo, pero que ya no aguanta más y quiere salir. Quiere mostrarse y decirte en la pared de algún baño público: las vaginas existimos, sentimos y no nos ocultamos más.




¡Quiero +!


Ariadna García

lunes, 26 de noviembre de 2018

Segundo García

Hoy se fue mi tío Gundo, hermano de mi abuelo paterno. De esos cuatro hijos solo queda una, mi tía Aída. Al caminar hacia mi trabajo lo recordé, sobre todo, sus manos que eran tan suaves. Los García o esos García tenían algo en común: el temple de la voz.

Uno hablaba con mi tía Elba y sentía que todas las noticias en el mundo eran buenas, mi abuela Ana Lucía igual, siempre con la misma esperanza, la misma fortaleza. Algo en ellos te hacía sentir íntegro, fuerte, lleno de vida. Era como si por un minuto sus achaques desaparecían, no tenían voces de viejos ¡no! tenían un vozarrón como cualquier cantante de ópera.

Cuando mi tía Elba llamaba a la casa (de Maracay a Yaracuy) me gustaba atender el teléfono, escucharla era eso, llenarse de algo bueno.

Mi tío Gundo tenía la fama de extenderse muchísimo, mi tía Odalys y yo bromeábamos con eso. Eran iguales, conversaban por horas, ninguno de los dos tenía noción del tiempo. Mi tío Gundo era cariñosísimo, a pesar de que no compartimos mucho, atesoro los momentos en los que coincidimos, estar con mi tío era como estar con mi abuelo. Escuchar a mi tío era escuchar a mi abuelo.

Una vez celebramos su cumpleaños y yo no podía dejar de tocar sus manos, le repetía: tío tienes las manos más suaves del mundo.

Al conocer la noticia tenía una serenidad como alguien a quien ya no le espanta la muerte. Con los años el corazón se curte y ves las cosas de otra manera. La muerte de mi abuelo me enseñó muchísimo y la de mi abuela Ana Lú fue la que hizo que entendiera que ellos, nosotros, todo lo que alguna vez amamos un día se irá.

Sin embargo, sentí nostalgia, dije: ya se nos han ido casi todos los viejos. Es como si de alguna forma los retratos más antiguos empiezan a desaparecer, desde luego, solo en este plano.

Recordaré a mi tío como el hombre de las palabras más dulces, como Segundo García, el de los ojos atigrados que siempre decía: cómo está mi vida linda, mi vida querida.

De esas voces ya no me queda ninguna, por eso creo que cada día las atesoro más.


Ariadna García

domingo, 25 de noviembre de 2018

Resistir en las noches

Cada día encuentro que duermo peor. A un costado de la cama, en el borde casi en el suelo, en el lateral derecho con la cara pegada a la pared. No doy vueltas, casi no hago movimientos al dormir, solo soy tan rebelde que hasta le llevo la contraria al cuerpo cuando en las noches se mete en su cama. 
A veces encojo las piernas, sin darme cuenta me he quedado en la contorsión más insegura para la cervical. 
Casi nunca hay centro, todo es a la derecha o a la izquierda. Dormir no es un acto placentero, es cobardía, te vas, te vas por unas horas de este horrible mundo o de este mundo horrible. Me resisto a irme aunque sea un instante. Mantengo las luces encendidas como ordenándoles que el día no acaba nunca.
Esta resistencia tajante y radical se ha vuelto eso, todos los días, cada noche, cada día. En mi cuerpo lo gobierno todo, en esta casa lo gobierno todo, en mi cabeza, en esta cama.

Soy el gobierno aquí y ahora.


El Hilo De Ariadna

viernes, 23 de noviembre de 2018

La palabra tumor

No sabes lo impactante que suena la palabra "tumor" hasta que te dicen que tienes uno. Después de eso no quieres volver a usarla, ni escucharla. Te parece realmente fuerte, implacable, seca. La palabra tumor no es amigable.

El 4 de julio fue mi diagnóstico. Tumor de ovario de siete centímetros en el ovario derecho, en la boca de la doctora no sonaba tan aterradora, pero en la mía, en la mía no quise tenerla más.

Sin embargo, la utilicé en más de una ocasión para explicar mi situación de salud. Todavía lo hago cuando recuerdo que hace apenas dos meses me operaron y que debo llevar las cosas con calma.

El 6 de septiembre la doctora retiró el quiste de mi cuerpo, prefiero la palabra quiste, suena menos letal. La biopsia arrojó que era benigno. No hubo que quitar el ovario. Mis órganos se volvían a acomodar.

Pero lo que importa ahora no es nada de eso, lo que importa ahora es esa palabra hostil, que carece de simpatía, que no sabe del viento, ni de la risa.

La palabra tumor es estéril, no te lleva a ninguna parte, es mezquina, es puntiaguda. Te carcome la cabeza por las noches, se te mete en el esternón y no se sale.

La palabra tumor no se acaba después. Es como una mordida que deja la marca de sus dientes para siempre. La palabra tumor no se va de tu cabeza, se queda como una intrusa, es macabra, es mentirosa. Es una conspiración.

La palabra tumor no quiere a nadie, solo sabe hacer daño. La palabra tumor te persigue. Hace trampas, nunca se calla. La palabra tumor está allí a la espera para atacar de nuevo.


El Hilo de Ariadna